La chica del moño alto y despeinado

La chica del moño alto y despeinado caminaba calle abajo con la despreocupación de un niño cuando ha hecho los deberes.

Se deslizaba sin arrastrar los pies, sin sonreír ni mirar atrás, no llevaba tacones ni complementos, le sobraba clase tan sólo con mirarte y, para ser grande, le bastaba la rutina del esfuerzo y de la superación constante.

Había vivido lo suyo y lo de muchos, acumulaba desgracias como los coleccionistas, como si se tratase de un afán insaciable por reencontrarse consigo misma. Se había olvidado de sonreír pero recordaba su pretérito como si hubiera sucedido justo un instante anterior al que estaba viviendo; latente, pesado, odiosamente más presente que pasado. Se equivocó, era lo suficientemente terca como para reconocerlo, pero ella lo sabía. No una, ni dos, ni tres, ni cuatro veces… sino demasiadas.

Contó y, volvió a contar, lunares, cicatrices y tatuajes en cuerpos que no la amaron, en nombres que caducaban al pronunciarse, en seres que la llevaban a calles cortadas y callejones sin salida.

chica de espaldas

La soledad era cada vez más fiel en los malos momentos y la demencia se convertía en una opción para seguir adelante.

Se había jurado dejar el tabaco, no volver a hacerse daño y, por supuesto, pensar antes de actuar. Seguía fumando, pero la llamada que había recibido esa mañana era la prueba de que, por fin, cambiarían las tornas. Iba a reunirse con alguien. Salió con tiempo de casa, ni muy arreglada ni muy tirada, informal pero guapa, con el moño alto y despeinado.

De pronto, reconoció la figura que adornaba el final de la calle, y recordó cómo ser feliz, como si hubiera vivido en un estado de amnesia hasta ese momento. Se trataba de una mujer con un abrigo largo y el pelo cano, llevaban años sin verse por una idea utópica, un sueño para una y una desgracia para la otra: “bailar no es un trabajo” fueron las últimas palabras que se cruzaron.

Unos metros más abajo, se encontraron y lloraron, como si fuera la única fórmula de desandar el pasado y el daño.

Se abrazaron, fundiéndose en un eclipse. La chica del moño alto y despeinado sonrió y suspiró: “hola mamá, no sabes cuánto te he extrañado”.

Un mundo de borregos

La influencia del cine, de las películas de Disney, la castidad de los principios, la falta de excesos… o vete a saber qué, nos han hecho mayores, soñadores, creativos oníricos y hasta un poco imbéciles. Teníamos todos los ingredientes para dar de qué hablar pero no de esta manera. El espejo no nos muestra lo que íbamos a ser sino una mueca un tanto opaca de nosotros mismos:

Preferimos la apariencia a la existencia, el “qué dirán” a lo que dicen de nosotros la gente que nos importa (o nos debería importar).

Toda esta reflexión me viene porque esta mañana mientras iba en bus de camino al trabajo, en pleno tráfico de hora punta por el corazón de Madrid, he visto como en la acera una mujer se ha caído al suelo y, pese a que parecía muy improbable por toda la gente que por allí pasaba, nadie se ha parado a socorrerla (ni siquiera por el morbo que da ver estas cosas más de cerca), la gente iba ligada a su rutina y esa mujer no les ha preocupado lo más mínimo. Mientras el semáforo se ponía en verde, he ido corriendo al conductor y poco he conseguido, tan sólo importunarle, ha reiniciado la marcha con el ceño fruncido y ha dejado atrás a la señora con la nuca en el suelo. Después cuando he vuelto a mi sitio con la cara aún desencajada, los demás viajeros me miraban, atónitos al principio, luego ajenos y finalimente, absortos en sus smartphones.

Qué pena señores, qué pena me han dado.

No sé quién tiene la culpa, tal vez, la televisión, Internet, los pantalones ajustados, los neones, las drogas de diseño o el propio éxtasis de la vida…pero el hecho es que parece que hemos absorbido en nuestras venas el desamor de los poetas, las llagas de la mala educación, la indiferencia, el estornudo de deshumanidad que hoy impera.

“¡MANOS ARRIBA!” Me dan ganas de gritar, porque en este simulacro de vida, parece que te van mejor las cosas siendo un capullo integral, ¡menudo atraco de verdad! La integridad es de moral distraída y todas las demás cualidades se venden al mejor postor por un par de cirugías de saldo y cuatro besos robados.

Parad el mundo que yo me bajo. Ni lejano ni cercano, este OESTE fuera de la ley del sentido común es una farsa, una estafa entre magnates circenses del sur de Praga. Pues no, yo no voy, no juego, me rindo, basta ya caballeros. Ahora mismo doy portazo a la soberana y magna tendencia. Abogo a la impulsividad, he aquí mi apología a la propia letanía de quererse un poco y ser uno mismo. Señores, no hacen falta protocolos para “saber estar”, hacen falta dos dedos de frente y tener las jodidas ideas más claras, rescatar a la inteligencia del barbecho y también a la conciencia que se casó con la infidelidad, seguro que podemos hallarla en algún club de striptease del extrarradio, una vez la vi pasar justo delante de uno con su prima la justicia, que era la portera y la madame, eso sí,  defendía las calles con toda alevosía, una falda muy corta y un bolso de Hermés que cualquiera envidiaría…

En fin, que menudo panorama nos aguarda, ¿no creéis? Acaso ¿está todo perdido? Rotundamente, no. Aún podemos salvarnos de nosotros, pero pronto, porque o nos espabilamos o nos fundimos a negro en este paraíso de acero, calzadas, desvergüenzas, envidias y celos.

borregos

AÑO NUEVO, VIDA NUEVA. O al menos eso creo y quiero.

Declaración de guerra

Empiezo a desordenarme, a ser la última de la fila, la que empujan por la calle los paseantes, la que empapan los coches al pisar los charcos, soy la diana de las miradas, la chica rara de la calle, la que mira al suelo en el metro, el cero a la izquierda por propio derecho.

Ya no sé qué voy a hacer, cómo decirte lo que me está quemando el pecho, y es que no soy nada si no vienes, te acercas, te sientas y me miras un poquito, sólo un poquito, lo justo como para que no sienta que me derrito, que me muero por tenerte, aquí y ahora, así de cerca durante todos los días que me quedan. Lo siento, tengo que mirar a otra parte para que no descubras que se me caen dos lágrimas en silencio, con la azarosa rapidez de quienes juegan a ver quién llega primero a mi barbilla, no se cual de las dos ha ganado, aquí, la única que pierde, soy yo.

Bueno da igual, no me hagas caso, hoy tengo el día tonto. Ven, anda, cuéntame. ¿Qué tal te ha ido el día? Mientras me respondes, te miro la boca, el cuello, el pelo, los ojos… y otra vez acabo mirando esos labios y, mentalmente, repaso algunas de las veces que me he vuelto loca por ellos, en vivo y en directo, tan suaves, tan cálidos… joder, ni siquiera te estoy haciendo caso.

Hablas de cosas triviales, de tu rutina, de tu familia, yo mientras sudo, suspiro, me evado, sonrío porque sí, sin apenas atender a los sonidos que escapan de ti… Debo ser la peor de las novias, ni si quiera soy consciente de la suerte que tengo pero ¿cómo hemos llegado a este punto? ¿Por qué sigues haciéndome sentir así y, en cambio, ya nunca somos nosotros mismos cuando estamos juntos?

¿Qué tienen esas parejas que nos falta a nosotros? Dime, ¿por qué no estás abrazándome por la espalda? ¿Por qué, en este instante, no tengo la piel erizada por el susurro de tu voz?

Convénceme de que estoy equivocada, pero por si acaso te has aliado con ellos, con los grises, los invisibles, los que perdieron la pasión el mismo día que se conocieron… aquí va mi defensa, que espero que sea mi mejor ataque y argumento, porque me he quedado sin estrategias, este es mi último cartucho, mi bengala de salvamento, si no eres capaz de verla, posiblemente sea el final de lo que hoy conocemos como NUESTRO.

declaración de guerra

Declaro la guerra:

A los lunes.

Al invierno.

A tu ropa.

A tu madre y a todo el que te separa de mí.

A tu adiós.

A escuchar tu voz en un contestador.

A que no seas mi manta los días de lluvia.

A dormir sin ti.

A dejarte de querer.

A ducharme sola.

A no ver tu champú junto al mío.

Al despertador, a los horarios y a las horas que no estás conmigo.

A los momentos cuerdos y a las locuras que no hagamos juntos.

A tus lágrimas que son las mías.

A los soles que madrugan más que nosotros y a las lunas que no nos esperan para acostarse.

A las normas, las decisiones, las prisas, los corsés sociales y a todo lo que se espera de este “nosotros”.

Declaro la guerra a no tener una guerra contigo.

Porque sí discutiremos, mucho, pero de vez en cuando, discutiremos por cualquier pretexto con el objetivo de hacer las paces tantas veces como nos venga en gana. Claro que sí y que les jodan. Que se parta el mundo por la mitad.

Declaro, abiertamente la guerra a todo lo que no nos hace GRANDES, a los pormenores o porvenires que no incluyan un futuro juntos. Esta es mi voluntad, cariño, merecemos una tregua compacta, vitalicia… por habernos conocido y reconocido en esta vida, maravillosa sólo para unos pocos. Somos afortunados. Yo soy para ti y tú para mí. Firma a continuación si estás de acuerdo y si no… Hay una puerta ahí, al final del pasillo, que te servirá la libertad en bandeja de plata.

Tú decides. A mí, desde luego, ya me has convertido en tu aliada para todas las batallas, espero ver tu rúbrica de vuelta en esta carta, pero por si acaso, aún no te he convencido, lee mi postdata. 

Alguien que te quiere.

 Rebeca

El interesado:

 FIRME AQUÍ

P.D: La vida contigo es como mirar a través de caleidoscopio.

No lo cambiaría por nada del mundo. Te quiero

Hay algo que deberías saber sobre mí…

1.-No tengo una letra bonita, más bien es horrible y en formato cursiva hacia la derecha.

2.-No hablo bien francés, me gustaría saber más idiomas y hacer algo más que chapurrear el inglés.

3.- No se me dan bien los números.

4.- No soy capaz de hacer más de dos cosas a la vez.

5.- Suelo olvidar los cumpleaños y las fechas de guardar.

6.- Nunca estoy cuando pasa algo interesante ni cuando me echas de menos.

7.- No leo todos los días el periódico.

8.- No sé recitar poesía de memoria.

9.- Se me da mal la jardinería y no me interesa la botánica, no sé el nombre de la mayoría de las flores que me rodean ni tampoco de las calles que últimamente pisó.

10.- Discuto con los que me quieren pero intento hacer amigos nuevos cada día.

11.- Solía enamorarme los sábados y echar partida de rabino (juego de cartas típico de mi querido pueblo) los domingos.

12.- Fumo Marlboro como una carretera, no me sacia el tabaco de liar ni los sucedáneos  lights.

13.- Sonrió a cualquiera que me dé los buenos días al entrar en un bar.

14.- Me acuesto tarde y llego a casa más de una vez con dos copas de más.

15.- Siempre me quedo la última en las fiestas para no perderme la novedades nocturnas de la apasionante vida de mis amigas, las telenovelas no le hacen honor a las realidades con las que me topo.

16.- Esas noches ronco débilmente (o simplemente ronco de forma molesta).

17.- No sé hablar de economía ni de astros, sólo me importa lo que me cuentan. No investigo más allá. Aunque me gusta contar estrellas tumbada en las eras de mi pueblo en las noches de verano.

18.- Me encantan las tardes de manta y peli y las noches en las que llega la madrugada sin que nos demos cuenta.

19.- Me gustan los animales, sobre todo los perros gorditos, cuando tenga tiempo para poder dedicarlo, me he prometido a mí misma que tendré un perro de esos que tienen un tamaño intermedio ni muy grandes ni muy canijos.

20.- Tengo un tatuaje y un piercing y, si no fuera porque trabajo de cara al público, llevaría medio cuerpo tatuado.

21.- A veces me enfado por tonterías y normalmente, si no tengo la razón me la invento, soy muy cabezona y hablo por encima de mis posibilidades, no me callo ni debajo del agua.

22.- Me gusta tentar a la suerte, pero no tanto como para poner en riesgo mi vida, me considero una persona valiente, pero no me subo a la atracciones de feria.

23.- Me río muy fuerte, a veces, sin tener en cuenta que no estoy sola. Cuando me encano de risa, guiño un ojo sin darme cuenta y se me ve toda la fila inferior de los dientes.

24.- No cocino bien, ni tampoco lo intento, es una de esas cosas a las que no les doy la importancia que se merecen, pero que pretendo cambiar algún día.

25.- Me cuesta llorar en público y, en cambio, soy un mar de lágrimas con las películas de dibujos animados.

26.- Pongo la música muy alta en el coche y suelo hacer conciertos en los semáforos, me mire quien me mire, corro más de lo necesario con él, creo que hubiera podido llegar a ser una de esas conductoras de primera.

27.- No me gusta el fútbol ni los toros, pero voy sin rechistar al menos una vez al año, por hacer feliz a alguien.

28.- Soy paciente con todo el mundo menos con los críos, admito que no se me dan nada bien, supongo que algún día eso también cambiará o me cambiará. Siempre he pensado que se debe a que nunca he tenido ningún contacto cercano con niños pequeños.

29.- Canto y toco la guitarra a deshora y canturreo letras que no me sé pero que improviso volviéndolas indecentes, esa sí es una de mis grandes pasiones: la bendita y mágica música.

30.- Los tiempos de las duchas se me van de las manos, no sé lo que son los «diez minutos y vuelvo», siempre tardo más de lo que había previsto y, en consecuencia, siempre llego tarde a todos los sitios. Nunca he perdido un avión pero hace poco perdí el tren de camino a casa sin demasiados desajustes en el plan previsto; y todo pese a que, siempre, siempre, siempre llevo reloj de pulsera, los coleciono desde hace años, de cualquier forma, tamaño, marca o color, son una escondida pasión que se acrecenta con el paso de los años.

30.- Me gusta llevar gafas de sol, disfrazarme en fiestas, toque o no toque y confieso que hago el cuadro sin remordimientos; el ridículo y yo nos llevamos muy bien desde siempre, suele hacerme compañía, como mínimo, una vez cada noche.

31.- Me pinto los labios de rojo porque dicen que, a las rubias, nos sienta muy bien.

32.- No llevo tanto escote como antes, supongo que eso se lo debo a algún exnovio celoso.

33.- Me gusta llevar americanas de traje y camisas aunque no tenga que trabajar, me siento importante con ellas.

34.- Como helados en invierno, son mi pasión y mi ruina.

35.- Me pasaría la vida viajando, pienso que es la mejor forma para abrir la mente y el corazón.

36.- En cambio, no me gusta la comida china ni la japonesa, sólo la italiana y la tradicional española, para demasiadas cosas me considero «sota, caballo y rey», es decir más simple que el mecanismo de un yoyo.

37.- He montado a caballo alguna vez pero no lo suficiente como para engancharme, pero podría a acostumbrarme.

38.- Me encantaría saber tocar el piano y hacer mis propias canciones, pero aún no ha llegado el día en el que pueda vivir de eso.

39.- Me encanta bailar salsa y ponerme guapa para las bodas.

40.- Me enamora la nostalgia de los aeropuertos y las estaciones de tren.

41.- Me divierte conocer gente en bares y mirar fijamente a desconocidos en el metro. Siempre me fijo en las portadas de los libros de los que se sientan a mi lado.

42.- Sé bucear y hacer macarrones a la carbonara.

43.- Los días de lluvia me entristecen si no tengo una grata compañía cerca.

44.- Me pinto las uñas con impaciencia y mucha prisa, suelen arañar porque no me las termino de limar del todo.

45.- Siempre he sido rubia, pero me hago mechas, el tiempo pasa y he mutado a castaña clara pese a mis rezos.

46.-Nunca madrugo si no es obligada por las circunstancias de mi trabajo, al que adoro y admiro cada día un poco más.

47.- Odio ser dependiente de mis amistades pero sé que ellas hacen mi vida, una más interesante y plena, me hacen parecer y ser mejor de lo que, en realidad, soy.

48.- Veo poco la tele, soy más adicta a las tardes frente al ordenador.

49.- Cuando me concentro en algo, como un libro o una película, puedes gritarme o agitarme que no me enteraré hasta que no te pongas en medio.

50.- Me ponen los cavernícolas, prehistóricos, simples hasta más no poder, pero que convierten «hacerme reír» en una forma de vida. No puedo evitarlo, esos que no se afeitan, que tienen las facciones marcadas y que dicen tantos tacos como yo.

51.-Se me conquista con el humor y la desvergüenza.

52.- Tengo sueños y lucho por ellos, sé que el camino no será fácil pero que merecerá la pena, ahí entras tú.

53.- No quiero que cambies ninguna de mis ideas y, mucho menos las cosas que me definen como esta pequeña lista que acabo de enumerarte. Tengo muchas más cosas que contarte, están a buen recaudo, pero eso lo debes descubrir, respetar, amar y proteger el resto de nuestros días.

54.- Te juro que siempre tendremos el misterio y las ganas de conocernos de este principio.

55.- Porque, evidentemente, tú tendrás lo tuyo también, me niego a pensar que serás uno más, una sombra social o un rutinario por defecto.

56.- Quiero sal, duende y rumba en mi vida. Quiero levitar y vibrar con cada beso y salivar cuando te vea entrar por la puerta.

57.- Me derrito pensando en ese momento, ese que llegará más pronto que tarde.

58.- Simplemente te aviso, no quiero que luego te lleves un fiasco, cada uno somos lo que somos, te prometo que nunca cambiaremos, el uno del otro, nada que no sea para mejorarnos como seres humanos.

59.- Aprenderé mucho de ti y tú de mí y cederemos porque tendrá que ser así pero no renunciaremos a nada, simplemente, nos dejaremos llevar por la corriente de nuestros marcapasos.

60.- También te advierto, no soy mujer de serenatas, no quiero cartas escritas a mano, versos improvisados fruto de la embriaguez ni nada de cenas románticas a la luz de las velas para aparentar, se me marchitan las rosas de vendedores ambulantes, lo nuestro será y tendrá mucha clase, será otro rollo, uno que aún no se ha inventando ni visto, un mundo de esos que existirán en el momento en el que nos conozcamos. Creo en el destino y el fuego de tus ojos.

Bienvenido futuro, te estoy esperando.

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