«LA DICTADURA DE TU AUSENCIA»

cama vacíaSin ti la vida no es vida, desde que el destino te ha secuestrado, no me queda más remedio que verte con otros ojos, para mirarte sin verte, no me doy cuenta pero estoy aprendiendo a vivir sometida a la dictadura de tu ausencia…

No sé qué hacer que no implique echarte en falta, hablarte bajito aunque no me oigas, te susurro; todo es inevitable. Sé y siento que estás cerca, aunque a miles de kilómetros de aquí. No levanto cabeza y, por eso, porque me debo a mí misma quererme más que a ti, aunque nunca haya sido así, he decidido odiarte, odiarte mucho y muy fuerte, te lo mereces por haber aceptado tan pronto la derrota de no vernos. No te lo perdono.

Es cierto que la distancia ayuda, es sabia consejera y, con el tiempo, se ha convertida en una confortable aliada, me invita cuando puede a dejar de pensar en ti, yo no le hago mucho caso, ella se siente rechazada, pero tampoco le llevo la contraria, no es bueno tenerla en contra y empiezo a pensar que sólo quiere lo mejor para mí. A veces se me presenta como un examen tan complejo como jodido, lleno de preguntas que no he estudiado, de las que ni siquiera por intuición puedo adivinar de qué tratan. Te juro que no hice quiniela, no dejé parte del temario sin mirar, por ti me bebí los apuntes y el miedo a fracasar, me sé todo lo que podía necesitar para tenerte cerca, nunca hice nada para que te fueras pero tú, mal profesor, no hiciste nada por entender mi letra, te limitaste a no aprobar poniendo tierra por medio, y yo, ignorante, necia y convencida de que esta relación no se acababa sino no era con la tierra encima, es decir, enterrada. ¡Qué equivocada estaba! Ahora, es posible, que empiece a darme cuenta…

Como decía el único modo de respirar sin exhalar dudas sobre qué pasará con nosotros es pensarte como lo que no eras conmigo, un tipo despreciable del que nunca me enamoraría. Claro que eso era cuando te conocía, cuando sabía que nunca pondríamos caducidad a un vínculo como el nuestro, cuando sabía que quería pasar todos los domingo de mi vida contigo. En fin, no nos hagamos mártires por un imposible. Asumo que ya está, te fuiste en pos de una novia llamada suerte y del maldito padrino conocido como futuro.

No hay más, la alternativa para salvarme es concebirte como todo lo que me hace daño, así que óyeme bien:

-Le doy la bienvenida a tu nuevo “tú”, el que ha llegado cuando te has ido, ese que no me habían presentado y al que le he tenido que invitar a un par de rondas de mi vida, disfrazada de la mejor anfitriona, pero eso se acabó. Eres el adiós con acuse de recibo, no estás y eso, ahora, me ha quedado claro. Y, además, eres todo lo que está demás:

La impotencia del roquero alopécico.

La risa floja pero histérica.

El último día de verano.

Las cartas que no llegan.

Las prisas del que llega tarde.

El beso que no se da.

El regalo que se piensa pero no se compra.

El yan sin el ying.

El chicle que se pega en el zapato.

La moderna pasada de moda.

La mueca en un muñeco.

El bautizo de los anónimos.

La víspera de la caída.

El ensayo después del estreno.

El precipicio que acoge todos nuestros besos suicidas.

Eres los nervios de la espera y la desesperación en esencia.

La sobredosis de cariño convertida en agobio.

El mareo en un marinero novato.

La tartamudez en un comercial.

El hipo causado por la embriaguez.

La tempestad sin calma.

El paso de los años.

El semáforo en rojo.

La soledad en Navidad.

La personalidad gris.

La ingenuidad en un sabio.

Las malas noticias.

El dolor de espalda.

La brusquedad en un tango.

La nota desafinada.

El cubano sin ritmo.

El tropiezo en un gran bailarín.

La resaca al madrugar.

La mala educación.

El sudor del que es juzgado.

El “te quiero” que se dice por decir.

La garganta del ahorcado.

El maquillaje de la tristeza.

Los celos en los recién casados.

El hielo en un corazón.

La llamada de emergencia desatendida.

La lágrima que cae al mar.

La opacidad de la mirada sin alegría ni vida.

La pereza de madrugar.

La gula de las fiestas.

La paciencia en un esquizofrénico.

La angustia de la despedidas.

El mensajero que tengo hoy que matar, porque eres el amante pródigo que no volverá.

Eres una vida sin ti, algo que no quiero, o no quería, pero el vacío de no tenerte ha empezado a devorarme por dentro, como una úlcera o una fobia. Pero ya está bien, no doy ni un paso más, no viviré más tiempo para perderlo; necesitaba decírtelo aunque no lo leas, aunque esto sólo sea una torre de arena, necesitaba expresar cuánto te echo de menos, decirte que te quiero y que te vaya bonito, acompañado de este adiós que es lo último, te lo juro, que por ti escribo.