«Yo soy Penélope»

Estoy sentada en mi banco de pino de verde, en esta lúgubre estación, yo soy la Penélope de la canción, la musa de la melodía triste, a la que la historia vistió de drama. No es verdad que siempre fuese con las mismas fachas, pero sonaba más tétrico si mi cara y mis prendas no mutaban y así les gusta a los morbosos de las pedanías recordarme.

Quiero desmentir la verdad inventada, quiero dar la explicación de por qué me hallaba y me hallo en el mismo lugar. Sigo aquí sentada, fijando mi mirada a ambos lados de las vías, esperando a que llegue mi tren, ese tren que nunca me devuelve lo que anhelo, ese tren que se ha llevado lo que más quería.

He dejado de contar cuántos viajeros y máquinas han silbado ante mis ojos, vivo para no vivir, muero un poco cada día ansiando despertarme con lo que tiene que llegar.

Arriban muchos titanes de acero, pero ninguno es el mío, los caminantes que merodean en busca de lo que soy, no son para mí, lo sé, porque tengo la palpitante sensación de que el corazón me dará un vuelco y el reloj de forja, ese que ha perdido el compás del tic-tac para mí y que ahora me vigila con insolencia desde lo alto, ese malcriado contador de segundos en ese instante se detendrá; esa es la señal que espero.

Lo tengo claro, sé que estamos escritos en la misma vía, nuestros caminos se entrelazarán, pero no lo puedo evitar, a veces me pregunto si no tendré la fortuna de encontrarle, de toparme con quien me enseñe nuevos pueblos, nuevos paisajes, quien me deje sentarme en el lado de la ventanilla y me sirva un chocolate caliente mientras me resguarda con su abrigo y me sopla las manos con la intención de alejar el frío de los vagones de mi alma.

Sueño con reconocerle entre los viajeros, pero sólo veo polizones en mi vida, llegan haciéndose pasar por el adecuado, pero se tornan sombras cuando les miro por el rabillo del ojo.

En fin, de momento, mi caminante no regresa, debe estar preparándose para mí, pensar así me da fuerzas, tal vez me engaño, pero es el horizonte y la templanza a la que me aferro para seguir aquí postrada; me pregunto qué estará haciendo, ¿me querrá ya? ¿Le he conocido y no le he reconocido? ¿Estoy perdiendo el tiempo? ¿Le habrá pasado algo?

Desde mi posición, veo y vivo muchas cosas, algunas ni si quiera sé si me las invento o suceden ciertamente, he perdido la noción de la realidad, no sé si él es fruto de lo onírico, de lo utópico o del inminente devenir, sólo sé lo que en mi mente recreo. Pese a que no recuerdo cada pasajero que se me ha presentado, sí podría describir cada máquina. Esos malditos trenes, esos que me deslumbran con sus potentes luces, que me tientan seduciéndome para que me vaya hacia ellos, como el canto de las sirenas, me dicen: “ven, no te pasará nada”. Pero no es verdad ni siquiera real, me mienten, truhanes de un pasado que vuelve, yo los conozco porque ya los he vivido.

Trenes y más trenes, locomotoras descarriladas, chachachás que ensordecen, pitidos de estación que anuncian llegadas y despedidas.

Odio los abrazos en los intercambiadores del espacio que veo a diario, ya sean estaciones o aeropuertos, son vinagre para las heridas, pólvora que no deja que el pretérito cicatrice.

He visto y derramado demasiadas lágrimas en mis propias mejillas y en las ajenas, sé lo que es secarse por dentro y sentir el sol sobre la cara, borrando las huellas de la desesperanza de mis carrillos, ayudándome a albergar nuevas esperanzas, él te ve desde allá arriba y me susurra al oído que estás al caer, que estás viniendo hacia a mí.

Pues bien, tengo un mensaje para ti, viajero, caminante o polizón, me reconocerás por lo que dice la canción, el día que nos encontremos llevaré un bolso de piel marrón, zapatos de tacón y mi mejor vestido de domingo, te veré y te dedicaré la sonrisa más sincera que hayas sentido jamás, pero antes, un consejo: no te des prisa por llegar, puedo esperar otros tantos años más.

Sé que sucederás y entonces ya nadie me llamará infeliz entre notas musicales, tú y yo pondremos la banda sonora a esta historia comiéndonos la boca y dejando atrás para siempre este maldito andén.

Sólo quiero que estés seguro de mí y que no duelas, porque te juro que a ti sí te diré: “tú eres quien yo espero”. Te perseveraré aquí como en la cita de Oscar Wilde: porque “si no tardas mucho te espero toda la vida”.

Hasta pronto…

¡Queridos lectores!

Me voy unos días a Londres a encontrarme con grandes amigos del próspero pasado, esos que, aunque están lejos, hacen que mi presente brille y mi actitud no decaiga. Les debo mucho, voy a ver si con mi visita les compenso, aunque sea con una pequeña dosis, sé que les servirá de gran ayuda. A mi también me sirven de terapia, son esos incondicionales que todos sentimos muy cerca, sea cual sea su paradero.

Os escribo porque, posiblemente, me ausente del blog hasta el día 11, he dejado programadas algunas publicaciones, pero no podré responder a vuestros comentarios hasta entonces, os deseo un feliz año y FELICIDAD en esencia, que para eso es la vida: para gozarla.

Os dejo mi más caluroso recibimiento para los nuevos y un gran abrazo a los asiduos…

¡HASTA PRONTO SEÑORES, ME VOY DE VACACIONES!

VIAJAR