Las cosas que no acabé

Nunca conseguí terminar un álbum de cromos, coleccioné muchos, mi hermano y yo lo intentamos muchas veces, sobre todo de fútbol, por allá por los años 90. Luego vinieron las colecciones de amores platónicos: profesores, amigos de amigos, más mayores de lo recomendable, el novio de la vecina y, casi siempre, personas que me hicieron sentir visible porque siempre me prestaron atención, supongo que en cierto modo, era agradecimiento, el amor no se parecía en nada a lo que hoy conozco, sea como sea, lo que nunca tuve fue valor para declararme a ninguno de ellos, de eso sí estoy segura.

Más tarde me cansé de amontonar relaciones, por más que busqué no encontré lo que quería, siempre chocaban las frustraciones con sus respectivas promesas rotas y su falta de rigurosidad para cumplir mis bajas expectativas.

También empecé a estudiar francés, ¡oh sí, francés! “¡Oh la la!” Como dicen en el país vecino, pero me temo que la motivación y las ganas no se pusieron de acuerdo así que “c’est fini”,  finalicé esa actividad extraescolar como tantas otras a las que me apuntó mi padre: karate, dibujo, ajedrez… No fui pésima en todas ellas pero mi inquietud no se complacía, por una razón: esperaba a la mejor, esperaba a la bella música, ella sí me comprendió y hoy y siempre le rendiré pleitesía.

En fin, no nos desviemos del tema hablábamos de los que no he hecho, no de lo que me enamoré.

No sé tocar el violín ni decir el alfabeto desde el final hasta el principio.

Nunca he sido capaz de cuidar de una flor más de una semana ni he tenido mascota hasta los 25.

No he conseguido imponer los tacones como parte de mi vestuario rutinario, ni tampoco lavarme el pelo todos los días, para más inri, destacaré que llevo flequillo y el mismo peinado desde que tengo uso de razón, no me he atrevido a cortarlo por encima de lo necesario y mucho menos tintarlo.

Algunos libros no los he terminado de leer por pereza o desencanto. Nunca me he colado en una boda, no sé jugar al tangram ni he acabado jamás un cubo de rubik, no he hecho puenting ni me he tirado en paracaídas, no tengo vértigo pero sí mucho amor por tener los pies en la tierra, la gravedad y yo somos más amigas cuando no me da por desafiarla, por no retarla no me subo ni a las atracciones de feria, con eso lo digo todo.

Nunca me he escapado de casa para ir a un concierto ni para nada, no he hecho colas interminables para ver a un famoso, entre otras cosas, porque no me considero fan de nadie que no sea mi madre y para verla no necesito pasar frío a la intemperie, simplemente, preciso volver a casa y entrar en la cocina, donde siempre me recibe con una generosa sonrisa y un “¿cómo está mi chica?” en los labios. Por ella nunca fui sola o sin desayunar a la escuela  y mis bocadillos del almuerzo siempre fueron la envidia de mis compañeros. (Tal vez, algún día os cuente lo bien que me malcrió y todo lo que me enseñó.)

Nunca he probado comidas alternativas a la cocina mediterránea, soy monógama de lo que me gusta, nada de comer con palillos o pescado crudo, no me atrevo a improvisar en ciertos aspectos de mi vida que me encantan tal y cómo están, tal vez sea porque el tiempo ha enjaulado los pájaros de mi cabeza y ha cosido las heridas que tenía, las agujas de reloj son las mejores cirujanas que conozco, no hay mal que se les resista.

Por último y, sin duda alguna, puedo afirmar que me he perdido muchas veces buscándome a mí misma, me he caído tanto o más que el resto del mundo, pero lo importante, como todo en esta vida, es que me he vuelto a levantar, así que con todo esto quiero que sepáis que lo que nunca he hecho es rendirme y que la frase NUNCA DIGAS NUNCA tiene hoy más significado que NUNCA, pienso hacer todo lo que no he hecho, llegar más lejos, ser mejor en lo que me proponga y, sobre todo, superar cualquier obstáculo que traiga el destino… y os invito también a hacer lo mismo.

Nunca he escrito un libro, no he tenido hijos y tampoco he plantado un árbol, tal vez vaya siendo hora de cambiar algo. Tic, tac…

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Larga vida a los “sí puedo”.

Declaración de un parado

Confieso que me he caído, no como se caen las hojas en otoño, no como el resbalón en mitad de la calle, no señor, esto no es un traspiés, esto es una soberana caída de manual, ésta sentará cátedra en mi vida, lo sé porque nunca me había costado tanto levantarme. Me duele, no sé en qué estaría pensando, me endiosé, me perdí en mi ego, en mis «yo puedo»… Tan arriba estaba que no me dio ni vértigo, no tomé precauciones, no me puse arnés, pensaba que no lo necesitaba. ¡Qué ignorante, qué idiota…! Y, ahora, en ese impass, mientras me caía, entre el suelo y el equilibrio no he tenido nada a lo que agarrarme.
Repito, a ver si de una vez comprendo el sentido de este descalabro, «ME HE CAÍDO», como se caen los vagos en la monotonía, como los torpes aceptan su falta de atino, como los alcohólicos ceden a la voluntad de la bebida, como los días se caen en los calendarios, como a la alopecia sucumben los calvos… Así me he caído, sin darme cuenta, sin acuse de recibos, sin preaviso; maldito cartero que no has llamado a la puerta de mi experiencia para hacerme esquivar este cisma entre lo que soy y dónde estoy.

Esta sentencia es firme, desesperante, inapelable… Pero, sobre todo, es injusta, que ¿por qué? Pues verá su señoría, los condenados por este crimen somos los «justos por pecadores», los chivos expiatorios, las cabezas de turco, los que pagan el pato, los que sufrimos eso de «alguien tenía que ser». En mi declaración, con el permiso de todos los presentes, quiero alegar que soy buena en lo que hago, soy mejor que muchos de los que tienen mis mismas condiciones (edad, experiencia, formación…). He trabajado duro desde el primer día para llegar lejos, al menos eso, es lo que nos vendieron. Sí, sí, nos dijeron una y mil veces eso, en la escuela, la universidad, en casa: «estudia, esfuérzate, renuncia a lo fácil… Sólo así llegarás a tener un gran porvenir.» Pues no, no queridos míos, la fábula del cuento no sucede como causa-efecto, la lucha no se acaba jamás, esta crisis es el mejor de los ejemplos, nada es cierto, nada hay con total seguridad, la tasa de desempleo española del 27% ya se ha encargado de demostrarlo de forma voraz a todos los que se suman a la cifra.

Y yo me pregunto: ¿para qué sirven ahora las matrículas de honor, las palmaditas en la espalda de mis profesores, los madrugones, los atascos, los días de lluvia en los que, contra mi voluntad, no me quedé durmiendo porque quería contribuir a ese porvenir que, según todos, me esperaba a la vuelta de la esquina?

¿Dónde me meto yo los títulos, las ganas, la actitud, el talento, la fuerza, la motivación…? Tenemos que reconocer que nosotros, los que nos encontramos en el paredón del INEM, también hemos pecado, nos hemos embriagado de la «titulitis» y de las promesas falsas; muchos se han conformado, otros se han acomodado en la ley del mínimo esfuerzo y otros, directamente, nos hemos creído inmortales. Hemos abierto los ojos y puesto los pies en la tierra gracias a los «no eres lo que estamos buscando» y los «ya te llamaremos»… Maldita sea su doble moral: quieren experiencia y no dan la oportunidad para adquirirla, y así con todo, porque somos herederos de lo que sobra, lo que no hace falta, las migajas que nos muestran lo que somos «pan de ayer con hambre para el mañana».
Y es que, qué os voy a contar, si el futuro prometedor se ha convertido en la Itaca más puta conocida por mi generación, «Generación perdida» nos llaman, ¡hipócritas, qué sabréis vosotros! Mira si estamos perdidos que nos tenemos que encontrar en el extranjero en trabajos en los que hay que partirse la espalda de sol a sol para mantenernos, eso no es hacer turismo como dijo la ministra (que por un momento todos pensamos que la había poseído la mema de Curry Valenzuela).

Eso es una fuga de cerebros que, no sólo es alarmante sino indiscutiblemente triste, estamos dejando escapar lo mejor de nuestro «mañana» y ¿todo por qué? Porque no somos capaces, como el resto de europeos, de reconocer y premiar el talento.

En fin, ¿existe de verdad esa Ítaca para nosotros? Yo me niego a pensar que tanto sacrificio no va a tener su fruto, simplemente, quiero y necesito creer que nos va a costar un poco más pero que todo llegará… Sí, esta es la conclusión, mi última voluntad, condenada a ser un despojo por el momento quiero renombrar a mi generación y quiero brindar por lo que somos y por lo que nos convertiremos, no dejemos que nadie nos haga pequeños, que nadie nos diga que no podemos, algún día nos reiremos de esto, os lo prometo. Desde ahora, me gustaría creer que somos la Generación Fénix, porque antes o después saldremos de esta, resurgiremos de nuestras cenizas con más fuerza de la que se recuerda, juntos podemos.

Ave Fénix, hágase tu voluntad.

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«El club de las horas muertas»

Lo que voy a escribir, sucedió de verdad, puede que en cuanto empieces a leer sepas de qué hablo, espero que si es así sea porque te lo han contado.

Ocurrió hace unos años, cuando aún no era una mujer, sino una niña con un cuerpo de 18 veranos. Era lista, o eso me creía, era alegre, aún no conocía los rechazos, era atrevida y, por eso, la factura me llegó en forma de ruptura del órgano más preciado, más vital y el más inexperto que se ha encontrado.

Yo no fumaba, reía. No vivía, soñaba. No quería, amaba, como lo que era, la primera vez en la que una se olvida de su nombre y hasta de su raza. No importa el cómo ni el quién, sino qué pasó después.

Cuando se te rompe el corazón, los días no pasan, el tiempo se para. Te encuentras sola en una habitación abandonada, como las de los hoteles en ruinas o las casas que han sido presa de las llamas. En tu interior hay cenizas, quemaduras y un dolor en el pecho que la cirugía nunca más sana. Te pierdes en el recuerdo de “lo que pudo y no fue”, te acuerdas de lo bueno y no del dolor rutinario, sólo que ahora con un olor a azufre permanente y un mal sabor a ridículo en los labios. Esa pasa a ser tu condena, la monotonía en la que te enredas y entras a formar parte de un club sin que lo pretendas. El club de las horas muertas y las noches perdidas donde reparten lágrimas secas en bandeja de plata, donde las entrañas se vuelven estériles, incapaces de levantar las alas, vacías de todo y llenas de nada.

En el club no hay strippers sino cicatrices con nombre y apellidos que alguna vez tuvieron alma. Ahora vagan, merodean, suplican y hasta mendigan un mendrugo de calma. Vi muchas cosas en aquella estancia: esqueletos de hombres que habían triunfado y ya no eran nada, mujeres de bien que parecían fulanas,  grandes personas con el ego mutilado por otras que no supieron sino hacerles daño. Pasaron muchos días, tantos que me olvidé de contarlos, perdí la cuenta junto con mi amor propio, me convertí en un charco de verano en mitad del asfalto cuando el sol está más alto y el mercurio pasa los 40 grados.

infiernoHasta que un día, de repente, pasó; “dime,  niña, ¿qué te pasa?”. Me preguntó un hombre de pelo cano mientras permanecía hierática en el suelo junto a una manta. Me lo han roto dije llevándome la mano al lado izquierdo del pecho, ya no me quedaban sonrisas ni ganas.

El hombre sonrío de medio lado, casi haciendo un esfuerzo para no delatar su propia falta. A él también le habían roto el corazón, o eso me contó al tiempo que me acercaba una taza de chocolate caliente; “pero tú, aún estás a tiempo, no te detengas, no te quedes aquí, este no es sitio para una chica, ni para nadie, pero por lo menos tú, todavía puedes salvarte” me gritó.

Me dijo, también, que no fuera egoísta que si me quedaba allí estaría condenando a otra persona a permanecer sola, que si no luchaba sería yo la que empujaría a alguien a ese escombro de la memoria.

Algo en mí se activó, un “click” retumbó en mi cabeza. Recapacité, entré en razón, esa que se dejó vencer, la misma que había cedido sus derechos y obligaciones al corazón. Muy poco a poco, con la lentitud de los siglos, el tiempo sacó su vieja caja de las costuras y me remendó las ganas, no volví a ser igual, aunque hizo lo que pudo, se le quedaron algunos agujeros por dónde entra el frío en las noches malas y, al menos una vez al año, tengo goteras desde que se pone el sol hasta que sale el próximo alba.

Como decía, nada, absolutamente nada, vuelve a ser igual, te proteges del mundo, te cierras a cal y canto, desconfías y arañas, te haces arisca hasta con aquellos que quieren lo mejor para ti. Evalúas y juzgas contrastando lo vivido, no sabes que las comparaciones son las hijas bastardas de las dudas por lo que vuelves a tener una venda pero, esta vez, te impide distinguir lo bueno de lo malo, no haces criba, para ti todos son iguales, no hay ningún merecedor del indulto, tu tiempo de querer ha caducado, el reloj de arena ya está abajo y tu corazón es más inerte a cada paso; es tanta la molestia que, incluso, te preguntas si en el circo pagarán algo por ver cómo le apagas un cigarro. No sabes ni para qué lo tienes, es un estorbo, ocupa mucho hueco, es delicado, te obliga a comer sano y a veces te hace llorar como si eso fuera a cambiar el pasado. Maldito músculo, no sirve. Piensas que está averiado.

Y como suelen pasar todas las cosas grandes de la vida, de repente, en el eco de tu interior se oyen pasos, alguien llama, alguien te grita, parece que llevaba toda la vida esperando. Sin esperar nada conoces a alguien y el pretérito se ha barrido, el pasado es pasado, llorar ha debido limpiar las huellas de quien te jodió tanto.

Y como si nada, con paso firme, la desconfianza se va allanando hasta desaparecer y da pie al “dejarse llevar” que nunca está de más. Los ojos relucen y las ganas, de aquella niña, vuelven a hacerte compañía cada vez con más frecuencia, vuelves a ser feliz, porque sí, porque te lo mereces.

Nada dura eternamente, sólo que cuando es malo pasa muy despacio y parece que es demasiado. Yo pienso que cuando te enamoras, siempre debe ser como la primera vez, sin tener en cuenta “el club de las horas muertas” sino contando las noches en las que te quieres perder con la otra persona.

De hecho, si lo piensas cada vez es la primera sólo que cada vez de una persona nueva, de modo que las anteriores no cuentan.

Maldita sea la geometría de tu cuerpo

Tú, el primero y el último y yo sin saber contar.

Siempre se me han dado mal lo números, pero contigo he suspendido precipitadamente, tal vez, por eso hoy soy de letras.

1, 2, 3… Nos pasamos la vida contando, rodeados de números, de fórmulas, de esquemas o reglas mnemotécnicas, de signos que inventamos para reconocerlos de forma universal, «uno para todos y todos para uno» como decía Dumas en su novela.

Aprobamos sin revisión el orden de las cifras y sus cálculos, aprendemos desde pequeños a sumar y restar valores, pero, ¿cómo se restan las personas? Parece sencillo, pero es harto complicado; te vas y yo me quedo, pero uno menos uno equivale a nada. Proclamo, entonces, este resultado desierto; no somos nada. Pasó, fuimos todo venido a menos, somos menos venidos a la nada; desierto sentimental si es lo que te viene en gana.

No me lleves a tu terreno, no me hagas perder el rumbo tan pronto, manipulando mis pensamientos. Hablaba de los números, de que son muy traicioneros, sobre todo, si incumben a la edad e impíos si se trata del tiempo, pasan unos tras otros veloces, fugaces… como los que llevan a la espalda los galgos en los canódromos. Sí, son caprichosos, pero analfabetos, no saben lo que les pertenece, por eso, yo siempre he sido de letras. No he llegado a odiarlos, bueno sí, los de las facturas, los que traen responsabilidades, como los años, como las notas… Ojalá hubieras sido tú un número más, uno más de una lista que olvidar, un pasado que se esfuma, pero no, los números no tienen voluntad ni obediencia. Yo no te olvido, imprimes mi memoria como las grandes fechas de la historia.

Malditas matemáticas, le declaro odio per capito a la geometría de tu cuerpo, a tus escondites, tus costuras, tus parpados, tu olor, tu aliento, a tus brujos recovecos.

Que nadie defienda la lógica en mi presencia, le he perdido la fe, soy atea de ella desde tu huida, me abandonó en el peor momento, se fugó con mi corazón, ahora sólo me queda analizar la situación con calma, pero cómo no voy a odiar la razón pura, si la geometría humana nos está dejando sin alma: mentes cuadradas y triángulos amorosos, creo que faltan parejas como nuestro primer “nosotros”.

Pero, qué se le va a hacer, te me has ido por la tangente y la resignación me mira como una cortesana para que la acepte. No puedo, ese es mi verdadero problema, por eso me ruego a mí misma que se vayan estas dudas, no alcanzo a averiguar la respuesta, este “quiero y no puedo” nunca ha quemado tanto en nadie como lo hace en mí, este amor de azufre me corroe, me destroza pero no se evapora, ojalá, pero este coeficiente sólo se limita a verte, a tenerte y desearía que cumplieras la norma de que la línea más corta entre dos cuerpos es la recta, te suplicaría que volvieras, que te perdieras en mis curvas, seguro que entre tantas teorías tuyas y mías aprobábamos la práctica con matrícula de honor. Te diría: tráeme tu mente y tu físico que yo me encargaré de la química, verás cómo nos sobran teoremas de Gauss o campanas metafísicas.

Te suplicaría literalmente: ríndete a esta cateta y que salga la hipotenusa por donde quiera, seguro que nos derivamos al error, pero qué supremo el momento de sumarnos, de exponernos, de multiplicarnos una y otra vez, una… y otra vez.

espalda hombre

Sí, eso te diría, te diría, te diría, te diría… pero no te digo, el tiempo pasado me recuerda que el presente es diferente, que mi realidad es otra y que es mejor, aunque no a primera vista, que la farsa del pretérito que compartimos.

Pensándote, recuerdo cómo empezamos, cómo eras, todo lo bordabas, todo lo que hacías lo hacías francamente bien, con pausa, con solera, con serenidad, con aplomo, con elegancia, con el vuelo de las cosas que están por encima, con la mirada soberbia y la ambición en la sonrisa… Sí, igual de bien te recuerdo con las manos llenas de tinta y la ropa en el suelo.

Nuestro denominador común eran las ganas de querernos, ¿dónde está ese traidor ahora? Seguro que está contigo, dicen que “Dios los cría y ellos se juntan”, pues bien, sois de la misma condición, ladrón, seguro que estáis compartiendo cerveza en algún antro de pocas luces y muchas sombras.

Ya lo sé, he perdido toda lógica, esta loca se ha perdido entre desviaciones típicas e incógnitas pero no me he desquiciado tras tu partida, ya estaba loca por ti cuando me ataba con el arnés de tu cuerpo y mis principios saltaban al vacío por los agujeros de tus miedos.

Qué maravillosos aquellos años en los que sí podíamos mezclarnos, uno de nuestros problemas hoy es que yo soy pera y tú manzana, tú tienes dudas y yo certezas, tú experiencia y yo hipótesis de tres al cuarto. “Los últimos serán los primeros”, pero en qué lugar quedamos tú y yo, no sé contar, pero sí sé que podías contar conmigo marcará la hora que marcará el estúpido reloj.

Cómo no iba a estar ahí para ti cuando volvieras si eras mi dogma de fe, te aprendí antes de conocerte, por ser quien eras. Eras el número uno, tú, el que no seguía a nadie, al que el mundo idealizaba, envidiaba, anhelaba… te quería por ser más que pluscuamperfecto. Tú, ganador, as, oro y premiado, te has ido como te ibas siempre, con la primera persona que pasaba, te dejabas querer, más de lo que he podido soportar, pero soy idiota hasta un punto, hasta este punto final; como despedida te mando un infinito por cada una de esas veces, un infinito por si no te acuerdas o no sabes hasta qué punto te he querido.

Adiós infinito.

ciudad de noche

Ni se te ocurra olvidarme (Final)

(Continuación de http://goo.gl/PTF1U)

He salido a la calle, parece que va a empezar a llover y me digo en voz alta que me cambio de bando, no me gusta perder y menos perderte y, al igual, que no se elige la lluvia que te cala, tampoco se elige a la persona que te conquista el alma. Miro a ambos lados de la calle, desesperada y exhausta, no te veo, no te encuentro, ¿dónde narices te has metido? Me enfado por no haberme dado más prisa y pienso con ironía “esto en las películas no pasa”.

En ese momento, recuerdo que tienes la moto estropeada, así que habrás ido a coger el bus que estará a punto de llegar, echo a correr y me doy cuenta de que, para variar, estoy en baja forma y me recrimino mi falta de voluntad por no hacer más deporte, pero bueno, pienso podría haber sido peor al menos no me he puesto tacones. Doblo la esquina, hay gente subiendo al bus, pero nada, sigo sin verte, el cielo ha empezado a llorar y la gente hace lo propio sacando el paraguas, lo que dificulta aún más mi perspectiva, me acerco a toda velocidad, la última persona de la fila para entrar ya está dentro, se cierran las puertas, insisto al conductor para que me abra, evita mi mirada, pasa, se me acaba la esperanza.

Maldita lluvia, maldita vida, maldita sea mi estampa.

¿Qué opciones me quedan? Piensa, Rebeca, piensa.

¿Plantarme en medio de la carretera hasta que me abra las puertas, seguirte hasta tu casa… o darme por vencida?

Siempre me han dicho que hay que saber cuándo retirarse de una batalla, tal vez esto era a lo que se referían, tal vez, esto era lo que tenía que pasar…

busEl autobús arranca, va a reemprender la marcha, entonces pienso en mi mala suerte, el dichoso transporte público siempre llega tarde y para un día que me hace falta, no se retrasa. Pues no, no es por mala suerte, la suerte no se tiene, se busca, así que voy a seguir siendo coherente con lo que digo: ¡suerte, voy a por ti! Me sorprendo dando un salto, estoy en mitad de la calzada, el bus pega un frenazo, la gente se agarra como puede y, cuando retoman la calma, se asoman por las ventanillas para ver qué pasa, acto seguido escucho gritos que me dicen que me aparte, una madre con un niño pequeño en brazos me mira asustada. Podría determe a explicarle a esa señora, que no estoy loca, bueno sí, loca y enamorada hasta las trancas de ti, ese chico que ha pasado desapercibido a su lado, y que se habrá sentado en las filas de detrás, haciendo caso omiso al altercado que le estoy dedicando.

Desde la acera dos hombres, uno mayor y otro joven, salen en mi búsqueda, no entienden nada, me viene a la mente la frase de Julia Roberts: “recuerda que sólo soy una chica delante de un chico pidiendo que la quieran”. Me siento así, así de estúpida y así de sola. En su momento me pareció un diálogo rastrero, incluso machista, ahora no y aunque busque en los bolsillos no tengo nada de suelto, la dignidad ha debido caérseme mientras corría desbocada.

Los mismos hombres me cogen por la espalda, uno por cada brazo y me arrastran hasta donde me aseguran que estaré a salvo. Cómo les podría explicar que a salvo sólo estoy contigo, que lo que me mata es esta jubilación anticipada de mis sentimientos. Les grito que me dejen y escucho de fondo como una chica está hablando con la policía, lo que me faltaba.

Rompo a llorar, me hago pequeña, me siento imbécil, vulnerable, nada… y un poquito desquiciada. Se me ha ido completamente la cabeza, pero no me ha importado, lo que me duele es que no haya servido para nada.

Silencio unánime en mi cabeza, parece que mi encefalograma está más plano que nunca, nadie se atreve a decir nada ahí arriba, en cambio, a mi alrededor, cada vez se apilan más curiosos aumentando los decibelios y preguntando por la “tía-despechada-enamorada-del-autobusero”. Entonces caigo en que he gritado “¡te quiero, te quiero…!” Pero no he dicho ningún nombre, he brindado anónimamente mi locura, es razonable que se formen conjeturas, pero podrían guardárselas, esto es de muy mal gusto. Yo también podría corregirles, sacarles de su error, pero ni se me pasa por la mente discutir con ellos, bastante ridícula me siento ya.

Sentada en la acera con todos esos desconocidos a mi alrededor, decido, al más puro estilo avestruz, hundir mi cabeza entre mis rodillas y cubrirme los oídos con las manos para aislarme todo lo posible del tumulto. De repente me doy cuenta, el autobús sigue ahí, no se ha ido, ¿qué esta pasando? Las puertas traseras se abren, alguien se apea. Reconozco tu figura al instante, eres el hombre de mi vida, cómo iba yo a confundirte. No sé cómo actuar, había estudiado para este examen, lo juro, pero me he quedado en blanco, ni siquiera tengo fuerzas para ponerme de pie, las piernas están en huelga, mis brazos no responden a mis señales y mi voz quiere salir pero me tiemblan demasiado los labios. Aprieto con fuerza la mandíbula, “di algo Rebeca, di algo”, me insisto. Pero nada, no pronuncio ni una sola palabra. Vienes hacia mí. Tu paso es firme, decidido, está claro que te has dado cuenta de quien soy y yo tampoco quiero esconderme. El corazón no me ha dado un vuelvo al verte, creo que directamente ha hecho el pino puente y un giro de 360 grados.

Estás a mi lado. Me coges de las manos, me ayudas a levantarme y me pones tu chaqueta sobre los hombros. Yo ni siquiera me había dado cuenta de que estaba empapada hasta notar el contacto de tu prenda con las mías, pienso que debo estar horrible, la lluvia me resbala por el pelo y prefiero no pensar en cómo estará mi maquillaje. Me apartas delicadamente el flequillo de la cara y sucede: me besas con uno de esos besos cortos pero serenos, como las despedidas en los telediarios, este chico ya se ha ganado a su audiencia pienso, pero tú ya lo sabes, sino no hubiera venido a buscarte.

No eres muy fan de los circos, eres, más bien, un chico discreto que no disfruta con los escenarios y, hoy, te he dado un buen espectáculo. Te miro perpleja, siempre te leo los ojos para saber qué piensas, pero hoy no puedo, creo que se me han acabado los poderes, no sé si estás enfadado… no sé qué está pasando ni cómo vas a reaccionar. Ahora andamos, me has cogido de la mano y me llevas contigo, me dejo llevar, eres la brújula que siempre he querido, dejamos atrás a la gente, que sigue inquieta generando más fábulas sobre nuestro pasado y presente.

De camino no hablamos, supongo que nos dirigimos a mi portal, que me acompañarás y, luego, te marcharás, que has venido únicamente porque eres un caballero y no querías dejarme así.

Doblamos la esquina, estamos llegando. Sin preaviso, te agachas un poco para cogerme en brazos, y al ver tu cara, tu mejor sonrisa vuelve a estar ahí, como antaño. El corazón se me va a salir por la boca, creo que también quiere decirte algo. Me va a dar un ataque, va tan deprisa que no creo que esto pueda ser humano, deberían poner desfibriladores en las calles para estos casos. Por fin me lanzo:

«Cariño, ¿a dónde me llevas, dónde vamos?» Dice mi voz temblando como una pandereta.

Ha dejado de llover. Esperas un rato para responder, no sé si te lo estás pensando o disfrutas al verme tan nerviosa por ti. Vuelves a sonreír esta vez se te escapa hasta una carcajada. Y me miras a los ojos. Y me aprietas contra ti para decirme al fin:

“Contigo quiero ir hasta el fin del mundo, pero primero hagamos una parada en el séptimo cielo, donde no alcanza la lluvia pero sí los «te quiero»«.

cogida en brazos

-FIN-

Ni se te ocurra olvidarme (Parte III)

(Continuación de «Ni se te ocurra olvidarme (Parte II)» http://goo.gl/Kt19M)

No quería llegar a este punto, a este suspense de dos suspendidos. Septiembre nos espera como a los malos estudiantes, ¿es nuestra oportunidad o la última? No sé qué hacer: ¿me asomo al balcón para ver cómo te vas o bajo corriendo las escaleras para decirte que nos dejemos de guerras y que quiero contigo hacer muchas veces “la paz”? Esa donde la bandera blanca sea mi ropa interior colgando del ventilador, donde esta enemiga de la rutina se rinda ante ti, a tus pies y a tus besos, a tus virtudes y a tus defectos.

el hombre de mi vida

No he querido cambiarte, ni lo pretendo, no serías tú y yo no tendría derecho. Sólo quiero encajar, como el puzzle de cuando éramos niños, pero es tan complicado… A veces pienso que mi pieza no tiene huecos, que es recta y tan cuadrada que no cuadra con nadie más que contigo, que vete a saber por qué, pareces ser una mayúscula “C” que me arropa con sus brazos y sus piernas como cuando dormimos, y ahí encuentro mi calma y mi paraíso.

La realidad es otra. Acabamos de discutir, nos hemos dicho verdades envenenadas, nos hemos dolido queriendo, con tonterías que no pensamos pero que sabemos que nos hacen daño, como que te fijas más en mi hermana, que nos hemos descuidado o que yo no me arreglo como antes porque ya no te quiero. No sé por qué nos hemos dicho todo eso cuando los dos sabemos que las lágrimas que se precipitaban hablaban más y mejor que nosotros mismos. Eran más sinceras y menos impías, eran como los buenos besos no los que se dan a escondidas sino los que se dan en la intimidad sin juicios ni remordimientos.

Pero es que me ha dado tanta rabia que nos gritásemos como si no nos importáramos nada que no podía más que manifestarte, disfrazado de odio, el amor que te profeso. Dicen que una estrecha línea los separa, porque el amor y el odio son hermanos gemelos, pues bien, hemos cruzado la raya, se nos ha ido de las manos y ahora, tirada en la cama, ahogando mis gritos contra la almohada, lo que se me ha ido por la ventana es lo que más quiero: tú.

Sé que no toda la culpa es mía, pero el haberlo iniciado y darle más vueltas me está quemando las entrañas.

estrésNo sé porque me he levantado hoy así de terca, de gilipollas. Me he parado a pensar en nosotros y en que hace tiempo que no te veo como antes, ni siquiera veo tus ojos cuando los miro, no son los de ayer, no estás ahí, ya no me miras así: con desvergüenza, con descaro, comiéndome cada poro y un poquito los labios.

Los méritos se han caído por las escaleras, las zancadillas de los jodidos celos son como dictadores con sed de destrucción y tristeza. Ya no valen los pasos firmes ni el esfuerzo, te me escapas de entre los dedos como la arena y ahora a veinte metros de mi casa tampoco te has girado para ver si desde arriba, refugiada por la cortina, yo te observaba. ¿Qué hago?

Creo que toca sacar la artillería pesada, los conejos de la chistera, los ases y todas las cartas de la manga. Este es mi último cartucho si no acierto ya no volveremos a vernos, no querremos, no deberemos.

Pasemos, pues, al “plan B”.

Ya hemos oído las mentiras, ahora toca decirnos las verdades.

Me arreglo como si fuera nuestra primera cita, nerviosa, torpe y ahogada por un reloj que me grita que si no me doy prisa será demasiado tarde, me maquillo como a ti te gusta, los ojos muy oscuros, los labios rojos y un poquito de base. Cojo mis mejores vaqueros, la chupa de cuero y las botas negras que me regalaste el pasado año, bajo cada peldaño como si la incertidumbre de no volver a verte me soplara en la nuca o me persiguiera con un “ya te lo dije”. No espero al ascensor a pesar de ser un séptimo, qué curioso, este, mi apartamento, era el séptimo cielo y ahora es un bar de carretera venido a menos. Pero no voy a pensar en el “ahora” voy a pensar en lo que fuimos, en lo que me hiciste sentir y en lo que puedes convertirme. Sé que eres tú, eres el elegido y que si te dejo marchar, tendré una deuda perpetua, conmigo misma, el resto de mi vida…

-CONTINUARÁ-

(Mañana publicaré la última parte)