El amor es un trabajo

El amor es un trabajo duro, muy duro diría yo; requiere dedicación, esfuerzo, paciencia, constancia y sacrificio. Todo al mismo tiempo. Es la jornada completa que no acaba nunca y que rodea todos tus entornos desde tu pareja, tu mascota, tu familia, tus amigos o al vecino del tercero. Está ahí desde que te levantas hasta que te acuestas.

Pero entendamos bien qué es un trabajo, porque no me refiero al típico sistema de ocho horas automatizado al más puro estilo taylorista con sus respectivas cadenas de montajes sino al trabajo que te apasiona, que te quita el sueño, que te hace caerte y levantarte al mismo tiempo, ese trabajo del que sabes que nunca te querrás jubilar, ese trabajo que sabes que aunque llegase la competencia y te ofreciese el doble tú… no lo aceptarías jamás.

¿Por qué? Porque te gusta lo que haces, porque te LLENA lo que tienes. Porque, sin más, quieres pasarte la vida haciendo de tu rutina un caos y de tu caos una rutina.

san valentin

Querido amor, te quiero porque eres, cada día, mi mayor reto y mi mejor proyecto.

¿Se puede romper la piel?

Es la pregunta que rebota contra las paredes de mi cabeza cada vez que sales por la puerta. Puede que un DIN A-4 como este no sirva como respuesta pero necesito escribirte aunque sólo sea como señal de protesta.

Verás, no sé qué pasará, pero sí sé lo que me pasa, lo he experimentado muchas veces, como te digo, cada vez que te marchas, cada vez que no huele a ti cada hilo de mi ropa, cada vez que el sonido de tu sonrisa no es la banda sonora de mi casa.

Sucede así: se cierra la puerta, suenan las llaves, tus pasos se alejan y, entonces, me quedo, automáticamente, encerrada en un hueco mental sin ventanas.

El portazo activa un botón involuntario que desarma, ladrillo a ladrillo, todo lo que me hace sentirme apta, ¿apta para qué? Para vivir, cariño, para vivir como Dios manda.

Mi sistema inmunológico se transforma en el mayor de los traidores y siembra la alarma; me duele el cuerpo, la piel y el alma. Me falta el oxigeno, el calor, la fuerza, la actitud y, sobre todo, las ganas.

Mi piel es más tuya que mía, lleva tu aroma y tus marcas, tus huellas y cada una de las cicatrices de tus batallas, tus dudas, tus anhelos, tus sueños, tus besos, tu calma, tu tempestad, tus caricias y tus traumas. Mi piel te sabe mejor que yo, te conoce desde antes de lo que pensabas… llevaba tanto tiempo esperándote que a ver quién es el guapo que ahora viene y la cambia. Es como uno de tus perros, quiere ir detrás de ti todo el tiempo, aunque solo sea por el placer de estar a tu lado. Te busca y te vuelve a buscar por cada rincón, se espera detrás de la puerta, llora bajito y ladra muy alto para que, desde el ascensor, te apiades y decidas dar media vuelta para ver qué le pasa.

Cuando transcurren unos minutos mi piel empieza a ceder y se estira como si quisiera dejar de envolver al hueso, como si quisiera divorciarse de mi cuerpo, te necesita como a la droga más jodida y más dura, te necesita como si romperse fuera una opción, la única opción para conseguir salir en tu busca y no volvernos a separar nunca.

puerta verde

La Dama del Trece (Parte I)

Vivía en las afueras, en el piso “12 + 1” de la vieja torre acristalada que coronaba el extrarradio. Su casa se veía desde cualquier punto de la ciudad y, en cambio, a ella, pocos la distinguían, casi nadie la veía pero su cara era fácilmente reconocida.

Hacía méritos para ser invisible porque, en el pasado, había conocido las consecuencias de destacar en exceso, era su don y su maldición: ser una excepción de la naturaleza, un bicho raro entre tanta mierda. Una puta entre vírgenes, una virgen en un mundo equivocado.

Tenía muchos nombres injustos, no todos bonitos pero sí baratos. Por eso mi preferido, era uno que le puse yo: la dama del trece. Ella me recordaba al título de una novela negra o a una superstición sin fundamento, pero sin saber por qué, y aunque yo no sabía más de ella que lo que decía la gente, desprendía algo y yo me la imaginaba así, como una aristócrata venida a menos que nunca pudo estar más arriba ni más abajo, era como de otra época, más de allá que de acá pero compartiendo nuestras aceras.

Irremediablemente, ella tenía algo, un no sé qué, que qué se yo que podía dominarte al instante, por el que te perderías si ella te lo pidiera, por el que darías la vida en cuestión de un segundo. Su mirada hablaba más que sus labios pero sonreía menos, era fría, distante, calladamente guapa. Temblabas si te observaba fijamente con aquellos dos fuegos que le iluminaban la cara, incluso, si se lo proponía, tenías que agarrarte a algo que tuvieras cerca para no perder el equilibrio.

Sin duda alguna, si te miraba, veías más de lo que habías vivido. Se podría decir que tenía cicatrices en el alma, roturas y costuras abiertas, de lado a lado de la cintura y desde el talón hasta la nuca. El paso de los hombres, los nombres, los años y el daño le habían consumido como las drogas que se inyectan, ya no tenía marcas de pinchazos en los brazos, estaba limpia desde hacia tiempo, pero se notaba que algunas jeringuillas con nombre propio le habían dejado más muerte que huella.

Ya no soñaba, se olvidó de lo que era eso porque se había caído tantas veces que hasta las piedras la llamaban por su nombre, había dormido en tantos suelos que reconocía de memoria los abrazos del frío asfalto por metro cuadrado, palmo a palmo.

Cuentan que descendía de Europa del Este, de un país frío donde las balas estaban a la orden del día; como consecuencia de criarse en batallas, la guerra formaría siempre parte de su mirada.

Nadie sabe cómo llegó a España, pero lo que sí se sabía es que había viajado por medio mundo con la maleta equivocada: un idiota que le cambió la vida a cambio del alma, un imbécil que le destrozó la vida para que nunca nadie pudiera matarla.

(CONTINUARÁ…)

traficante

HOY TOCAN HUEVOS PARA DESAYUNAR

Un día te despiertas, miras a tu alrededor con los brazos en alto, desperezándote y, casi sin darte cuenta, las cosas que no debían cambiar, esas que te han hecho ser como eres, que creías que serían tus pilares para el resto de tus días, esas… han cambiado.

Tu risa ya no es tu deporte favorito, ya no ves tanto como te gustaría a tus amigos de siempre y, por supuesto, muchas de las promesas que hiciste las remueves cada día con los posos del café.

No has cumplido lo que te habías propuesto, y no hablo de las metas que te fijas cada Año Nuevo, me refiero a esas hazañas que ibas a hacer, a esos objetivos que iban a hacer de ti alguien grande. Tu grandeza se limita al “voy tirando” de la monotonía, aunque te esfuerzas por no ser absolutamente mediocre.

Lo que no ha mutado son tus defectos, al revés, has ganado en vicios, genio y en mala leche, en definitiva, vas sobrada de galones que te hacen ser indiferente.

Si lo piensas bien, nadie se acuerda de ti como tú pensabas, lo triste, es que tú tampoco de ellos, y ha empezado a darte igual, es un plan más que asumes sin discutir como las órdenes de un jefe incompetente. Ya no luchas por lo tuyo, ya no tienes las ganas ni las inquietudes que te hacían especial… parece que alguien te haya encadenado los pies al suelo, o eso, o han secuestrado tus ansías de volar. Tú me dirás…

Pero, estoy bien, no os preocupéis, creo que uno se acostumbra a echar de menos, se vuelve un estado de ánimo, una solución insatisfactoria pero solución al fin y al cabo, una salida por la puerta de detrás, una alternativa que a nadie se le debería ofrecer.

Sí, sigues viva, inundada por las distancias y por los saltos en el tiempo, cada vez que vuelves a tu sitio, tu sitio ya no está ahí, se ha quedado atrapado en el ayer, no puedes volver, porque cuando tú te vas, todo avanza y avanza sin ti, pasa pero pasando de ti, y no puedes hacer un paréntesis para regresar al punto en el que lo dejaste, es tarde, te has perdido cumpleaños, risas y llantos, anécdotas bonitas y recuerdos que no serán tuyos, incomodas infidelidades y secretos que no serán compartidos contigo. Al final lo asumes, creas tu propio espacio, creas otro mundo diferente al que mamó tu memoria cada año y, mirando atrás, te das cuenta del precio tan caro que has pagado, si alguien hubiera intentado advertirme, hubiera pensado que me estaban engañando, pero no, la única que me he engañado he sido yo, por querer aferrarme a un sitio al que ya no pertenezco por propia voluntad, a ver si algún día aprendo, ya va siendo hora de abrir los ojos de una maldita vez.

En fin, qué os voy a contar, será que anoche me acosté con la melancolía y me ha dejado una resaca más agria de lo que la recordaba, no hay quien me quite este mal sabor a despedida de la boca. Voy a meterme en la ducha, a ver si me despejo, me aclaro las ideas y me lavo los pensamientos.

Desayunar

Espera, ¿eso es el despertador? Coño, ¿todo ha sido un sueño o sigo soñando?

Por fin, me despierto realmente, abro los ojos y veo que estás ahí, tus pies rozan los míos, y tu respiración inunda de calma a está necia emocionada… A la mierda el sueño, ahora me acuerdo de por qué estoy aquí, en mi mundo de antes no existías y ahora no quiero, ni me imagino un mundo sin ti.

Te quiero como te quiero

Es mejor quererte como yo te quiero: al contado, con luces y sombras, sin acuses de recibo ni cheques en blanco, con la honestidad de las primeras veces, con la pasión de los amantes que no son de saldo… Con la desvergüenza de saber que no hacemos nada malo por querernos. Es mejor quererte como yo a que te quieran con escaparates, telones abiertos y públicos delante. Con la verdad por bandera sin rebajas ni gangas esta es mi única oferta, no te doy el amor que me sobró de otros, te lo doy todo, decide si lo quieres, si te vale y si cumplo los requisitos de tu cuerpo, porque no vendo humo, sólo me lo fumo y esto que ves es lo que soy y lo que tengo.

Estoy harta de parejas de revista, de personas 10 que ni siquiera raspan un suficiente en quererse. Mucho lerele y poco larala.

Sin duda, es mejor quererte así, bien, como yo te quiero, como yo sé, a mi manera, a la misma que escribirían mil poetas si nos supieran. Porque sí, hay párrafos enteros en la cola del paro que te detestan y es que, desde que estás conmigo, ya no soy la misma, mi poesía triste no me atraviesa, así que qué me importa, son peores mis versos pero mejores mis besos y con esto me quedo. Firmo ya mismo para que seas mi credo y por vivir así, en este estado onírico en el que ya no distingo cuando estoy despierta de cuando duermo.

Por tu culpa, llevo un te quiero patentado en los labios, una sonrisa de imbécil y una valentía que me hace vulnerable, voy sin escudos, sin cuidado… tú me desarmas. Te quiero porque me quieres y por cómo me quieres: sin horarios, sin tabúes, sin condiciones, sin premios ni castigos… sin normas sociales. Cuando estoy arriba y cuando me caigo, sin distinción, eres mi mano, mi espalda, mi apoyo, mi colchón y lo que me haga falta, te transformas en mi necesidad conforme me asalta y, por eso, y por todo lo demás, te quiero y me quiero, porque también me gusta cómo soy cuando estoy contigo, me haces mejor de lo que era, eres el mayor reto de mi vida, ¿qué idiota no intentaría conquistarte cada día?

Te quiero aquí ahora, con ropa o sin ella, en París o en Roma, como una exigencia del ser… como una loca. Y qué más da, sin locura no hay vida, sin amor no hay sexo que valga ni ciento en el cielo que palomas volando, sí… ya no sé ni lo que digo. Adiós al sentido, la razón, el pudor, los callos del pasado, los fantasmas pretéritos que contigo se han acostado. Qué me importa el ayer o el mañana, te quiero mientras pueda, mientras dure, que el futuro como el pasado son etéreos, ácidos, diluidos, en fin más claro: aire. Te quiero y si albergas dudas, no las cuides demasiado, no son buenas amigas, albérgame a mí y léeme un poquito con amor, a ver si, de una vez por todas, te convenzo. Prometo no prometerte nada pero te digo, te cuento que me gusta quererte como te quiero, sonriendo en mitad de un beso, bailando lento a ritmo descubierto, a pecho abierto, con este corazón sin reflejos, torpe, necio, enamorada hasta las trancas de un sueño: Tú.

TE QUIERO

BENDITO SEA ESTE AMOR ETERNO.

Te quiero como te quiero y ¡joder! Cómo te quiero.

No me muerdas la boca en otras bocas

Sugiero empezar por el final, por los “ya no te quiero”, comenzar por las lágrimas, los recuerdos , la soledad, la incertidumbre, los nudos en la garganta, los dolores en el pecho, las huellas que se alejan, los dos besos, los putos celos, las despedidas de aeropuerto, los abrazos con prisa y las prisas en sí mismas, las manos que no se tocan, los cuerpos que no se retuercen mutuamente, tus jerséis sin tu olor, la cama sin tu lado, los paseos sin vértigo, las ostias que dan los “tenemos que hablar”… para al final no decirnos nada nuevo.

despedida

Propongo un inicio sin amor, sin mariposas ni resquicios de otros cuerpos… pero sabiéndonos. Odiarnos hasta los párpados de lunes a sábado y olvidarnos completamente los domingos. Hablar mal, el uno del otro, delante de nuestros respectivos amigos, maldecirnos en otros nombres, desgastarnos las costuras, los labios y los abrigos, rompernos el corazón para que, luego, no se nos rompa el amor de tanto usarlo.

Empecemos descubriéndonos en terceras personas, cansémonos de tópicos de segunda para que siempre te tenga ganas. Cometamos errores: seámonos infieles sin estar, rindámonos a tentaciones de extraños en bares y carreteras, en hoteles y discotecas, seduzcamos a desconocidos, probemos el morbo de la mano de mil salivas… seamos todo lo que tengamos que ser antes de ser nosotros mismos, hagamos lo que tengamos que hacer para que, una vez seamos tú y yo, nunca acabemos mordiéndonos la boca en otras bocas.

En definitiva, darle la vuelta al paso de la vida para pasarme toda la vida contigo.

Por si no te ha quedado claro, me explico; haré lo que sea necesario para hacerme experta en tus cremalleras, lunares y pecas, en desabotonar tus camisas, en medir cada centímetro de tu cuerpo, en recorrerte a besos desde la planta hasta el último pelo, porque quiero que nos mire el fuego y tenga miedo, porque tú y yo ya somos un incendio, pero no juguemos con lo que no podemos, hemos tenido tiempo y nos queda aún mucho por delante, por eso no quiero tropiezos ni malos detalles, quiero que me sepas como sólo tú sabes. Porque te conozco y me conoces y, sabemos, que no querernos sería un error pero que querernos mal sería aún peor. Vamos a hacerlo todo al revés, que los cuernos sean la antesala de la fidelidad más íntima, que las peleas sean con otras parejas, que las lágrimas lleven otros nombres, que las decepciones se comparen a llegar tarde o a que la comida no esté lista, porque eso será lo de menos, quiero una rutina contigo que sea como el mismo cielo y es que te quiero como para asumir las consecuencias, lo que venga y lo que sea. Quiero contigo empezar por el reverso de la historia para que no haya ninguna otra como la nuestra, ser tu causa y tu consecuencia, tu alfa y tu omega, tu enero y tu diciembre… tu principio infinito, tu primera y última vez para siempre.

infinito

Y pasó, lo que tenía que pasar… LA VIDA

Así que iba en serio, la vida era esto:

Crecer, decir adiós a muchos sueños en busca de otros, levantarse a las seis y media de la mañana sin que haya un dios que te ayude por madrugar tanto.
Mi reino por unas horas de sueño o por una tregua con el despertador, cinco minutos más por favor, mamá. Ah, no, ya no. No vivo con mis padres, ya no tengo la burbuja con la que me cubría mi madre cada hora del día, ya no me despierto con olor a café, gritos matutinos… ah, ¡qué tiempos aquellos! Sí, tengo total autonomía, pero ya no me despierto con aroma protector ni apelativos cariñosos, aquí nadie me llama Eca, aquí me llaman por mi nombre pero sin tanto amor.

“No es fácil, pero merecerá la pena”. Es lo que me digo siempre para seguir en pie y, joder, ¡qué duro es! Confieso que, a veces, cuando conduzco, se me pasa por la cabeza la idea de conducir 3 horas más hasta mi casa, dejarlo todo y volver, pienso: son sólo 350 km., venga si quisieras podrías hacerlo, recuperar un trocito de mi vida de antes, pero entonces la conciencia, mi voluntad o mi impía responsabilidad interviene y me convence: «no lo pienses, recapacita, no has llegado hasta aquí para retroceder ahora», porque si no ¿de qué vale tanto esfuerzo? ¿Para qué estos 2 años dando lo mejor de mí? «Sí, tengo razón, mejor tiro la toalla otro día…» y aún no sé cómo no lo he hecho.

De vez en cuando, tengo verdadero pánico, de ese que te quita el sueño y las fuerzas, me dan ataques de nostalgia, he llorado muchas veces por no dormir una noche más en casa, añoro tanto algunas partes de mi exvida con mi gente, que me entran dudas sobre si las cosas saldrán como espero o si todo esto no servirá cuando el día de mañana eche la vista hacia atrás. Pero me justifico, tengo que hacerlo, quiero verlo como una inversión en mí misma, estar tan lejos de la gente que me importa, es un precio demasiado alto para el maldito largo plazo que me espera. No valgo para estar sin cada uno de vosotros, soy consciente de que me estoy perdiendo grandes momentos de vuestras vidas y también lo importante, el día a día, vuestras caídas, vuestros éxitos, amores y desamores, roces rutinarios o logros esporádicos. Nos vemos, me los contáis, pero no es lo mismo, sois como una película, lo que me decís no lo he vivido en primera persona como hacía cuando estaba a quince minutos de todo, estos 350 km. me matan. Estoy lejos de lo que me importa en pro de llegar a ser importante, un sueño o una locura, quién sabe dónde acabarán todos estos madrugones.
En fin, no quiero preocupar a nadie, no es para tanto, debe ser que hoy me acuerdo mucho de todos y que os echo de menos para no olvidaros, pero no estoy mal, soy feliz a mi manera, ya no tengo tantos ataques de nostalgia así que será verdad que, a la larga, te acostumbras a todo, incluso, a extrañar como norma y dogma. Si pudiera morirse de melancolía, durante el primer año de mi vida aquí en Madrid, hubiera tenido más de un infarto. Pero bueno, no todo son cosas malas, he conocido a gente maravillosa, he crecido, he soñado y sigo soñando con nuevas historias, he vivido, me he conocido mucho más a mí misma y mis miedos y algunas tonterías se los ha llevado la madurez.

Como decía: «no es fácil, pero merecerá la pena». Algún día, no muy lejano, volveré a estar en vuestras rutinas, contad con ello. Seguro que volveré.

Un enorme abrazo, familia.
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