¿Qué quieres ser de mayor?

Mis recuerdos de la infancia son como una fantasía, un cosquilleo… un bonito guiño al corazón. El puzle de mi memoria previo a mi pubertad sólo tiene carcajadas, abrazos y besos, amor puro e inefable en cada momento. La figura de mis padres lo hizo posible, convirtiendo el curso de mi pretérito en una mirada a través de un caleidoscopio llamado hogar, por su cariño, su incondicional apoyo y su saber estar a la altura de una niña no muy fácil de criar.
Algunos recuerdos son como espejos empañados, me son familiares, pero apenas me revolotean algunos detalles, otros son como películas de domingo, son veranos en el pueblo, paseos en bicicleta, cometas en el aire, días de piscina y helados de dos bolas, rodillas con tiritas y barbillas con puntos; en fin, estar en la calle a todas horas.
Otros pensamientos de aquellos maravillosos años me traen la voz de mi bendita madre, cuando me cantaba nanas como nadie y me cogía en brazos siempre que lo necesitaba, también estaba papá, que llegaba a casa tarde y cansado pero eso no le impedía poner toda la paciencia del mundo encima de la mesa del comedor, sentarme justo al lado, de cara a la tele y secarme el pelo con la parsimonia de quien había nacido para eso, para quererme.
Mientras me peinaba, distinguía entre sus dedos el olor a tabaco, reconozco que, al principio, no me gustaba, pero hoy puedo confesar que, cuando me he sentido sola y lejos de ellos, me he llevado las manos a la cara después de un cigarro y me las he olido con la intención de volver a sentirme como en casa, cuando apenas tenía cinco años y mi padre me estrujaba y me pinchaba con la barba en nuestros ataques de besos.
Nunca fuimos ricos, no viajábamos fuera de España, mi ropa era la que se le quedaba pequeña a mi hermano y nuestros destinos turísticos se concentraban en zonas cercanas a nuestra ciudad, como Peñíscola u otras áreas costeras. Los días de playa eran geniales, no me gustaba tomar el sol, a mí lo que me gustaba era no salir del agua y ponerme roja como una gamba, pese a que mi madre nunca escatimara en crema protectora… Qué recuerdos hoy sé que eso, esos instantes, eran el paraíso, NUESTRO PARAÍSO, hoy sé que mi hogar está donde están ellos.
Por eso hoy, el día de la madre quiero darles las gracias: Gracias mare y pare, habéis dejado el listón tan alto que no creo que algún día sea capaz de alcanzarlo, lo que sí sé es que en esta vida o en las siguientes, si me preguntaran “¿qué quieres ser de mayor?”. Sabría qué responder: quiero ser vuestra hija.

día de la madre

P.d: estoy deseando tener un hijo para poder poner en práctica lo mucho que me habéis enseñado. Gracias.

Maneras de vivir

Cuando la vio pensó que no era real,

y, que tanto estupefaciente, no era lo ideal.

¿Acaso había perdido la razón?

Porque ahora sí, se había vuelto loco de amor.

Ella tenía esa clase de sonrisa,

la que si la miras te hipnotiza,

la que, automáticamente, te quita el miedo.

Ya sabes, esa que te hace olvidar todos tus infiernos.

Ella, ella, ella… era la musa que estaba esperando,

quien le sacaría de la mierda por la que estaba pasando.

La inspiración vestida con pantalones cortos,

capaz de matar monstruos ajenos y propios.

Aquel día se cruzaron tan sólo un instante,

él ya estaba y ella venía para luego marcharse.

Ella pidió café para llevar

y él no quería dejarla escapar.

Ahora no, ya no, porque la había encontrado.

Él se levantó deprisa aún con tinta en las manos,

No sabía qué decirle a aquella chica,

fuera lo que fuera, sería para toda la vida.

Tenía tantas dudas en la voz

que le temblaron los labios.

Le habló primero a la camarera,

era su táctica para atraer la atención de ella.

Discreto, pagó, le sonrió y volvió a sentarse,

ella le miró sin detenerse pero con gesto amable.

Luego se fue, con aire despreocupado,

él se quedó mirando el nombre que había anotado.

-“Malena Almas”, Universidad Complutense de Madrid-,

mientras ella no miraba, él buscó un punto del que partir.

Su carpeta le dijo las respuestas,

pronto sabrían de qué preguntas.

chica camiseta de rayas

Comprendió porqué Malena era nombre de tango

y sopesó la idea de que él no fuera de su rango,

Que no se la mereciera o que a ella no le gustara

Pero tenía que intentarlo, pasara lo que pasara.

La buscó en Facebook y en todas las redes sociales,

viernes, sábado, domingo, lunes y martes…

No la encontró, hasta que una dirección de correo

le abrió nuevas puertas a nuestro Romeo.

Era profesora de literatura,

adicta al aprendizaje continuo y a la cultura.

La cafetería en la que se conocieron

era un estratégico punto de encuentro.

Se encontraba entre la universidad y su casa,

el denominador común de ambos en un mapa.

Él fue allí todas las tardes, cada día más tiempo.

Ella flirteaba en los desayunos con aquel desconcierto.

Poco a poco fueron buenos conocidos

 y, de eso, pasaron al “algo más” de los amigos.

Ella no sabía qué pero había algo en él

que la hacia feliz… infinitamente.

Él sabía la suerte que tenía,

lo mucho que la quería,

y no pudo más que prometerse

que la cuidaría cada día sin perderse.

No miraría a nadie más ni lo arriesgaría todo,

sería bueno, dejaría el ron, las mujeres y los porros.

Volvería a escribir, había vuelto a sentir.

Ella, ella eran las ganas de vivir.