Las cosas que no acabé

Nunca conseguí terminar un álbum de cromos, coleccioné muchos, mi hermano y yo lo intentamos muchas veces, sobre todo de fútbol, por allá por los años 90. Luego vinieron las colecciones de amores platónicos: profesores, amigos de amigos, más mayores de lo recomendable, el novio de la vecina y, casi siempre, personas que me hicieron sentir visible porque siempre me prestaron atención, supongo que en cierto modo, era agradecimiento, el amor no se parecía en nada a lo que hoy conozco, sea como sea, lo que nunca tuve fue valor para declararme a ninguno de ellos, de eso sí estoy segura.

Más tarde me cansé de amontonar relaciones, por más que busqué no encontré lo que quería, siempre chocaban las frustraciones con sus respectivas promesas rotas y su falta de rigurosidad para cumplir mis bajas expectativas.

También empecé a estudiar francés, ¡oh sí, francés! “¡Oh la la!” Como dicen en el país vecino, pero me temo que la motivación y las ganas no se pusieron de acuerdo así que “c’est fini”,  finalicé esa actividad extraescolar como tantas otras a las que me apuntó mi padre: karate, dibujo, ajedrez… No fui pésima en todas ellas pero mi inquietud no se complacía, por una razón: esperaba a la mejor, esperaba a la bella música, ella sí me comprendió y hoy y siempre le rendiré pleitesía.

En fin, no nos desviemos del tema hablábamos de los que no he hecho, no de lo que me enamoré.

No sé tocar el violín ni decir el alfabeto desde el final hasta el principio.

Nunca he sido capaz de cuidar de una flor más de una semana ni he tenido mascota hasta los 25.

No he conseguido imponer los tacones como parte de mi vestuario rutinario, ni tampoco lavarme el pelo todos los días, para más inri, destacaré que llevo flequillo y el mismo peinado desde que tengo uso de razón, no me he atrevido a cortarlo por encima de lo necesario y mucho menos tintarlo.

Algunos libros no los he terminado de leer por pereza o desencanto. Nunca me he colado en una boda, no sé jugar al tangram ni he acabado jamás un cubo de rubik, no he hecho puenting ni me he tirado en paracaídas, no tengo vértigo pero sí mucho amor por tener los pies en la tierra, la gravedad y yo somos más amigas cuando no me da por desafiarla, por no retarla no me subo ni a las atracciones de feria, con eso lo digo todo.

Nunca me he escapado de casa para ir a un concierto ni para nada, no he hecho colas interminables para ver a un famoso, entre otras cosas, porque no me considero fan de nadie que no sea mi madre y para verla no necesito pasar frío a la intemperie, simplemente, preciso volver a casa y entrar en la cocina, donde siempre me recibe con una generosa sonrisa y un “¿cómo está mi chica?” en los labios. Por ella nunca fui sola o sin desayunar a la escuela  y mis bocadillos del almuerzo siempre fueron la envidia de mis compañeros. (Tal vez, algún día os cuente lo bien que me malcrió y todo lo que me enseñó.)

Nunca he probado comidas alternativas a la cocina mediterránea, soy monógama de lo que me gusta, nada de comer con palillos o pescado crudo, no me atrevo a improvisar en ciertos aspectos de mi vida que me encantan tal y cómo están, tal vez sea porque el tiempo ha enjaulado los pájaros de mi cabeza y ha cosido las heridas que tenía, las agujas de reloj son las mejores cirujanas que conozco, no hay mal que se les resista.

Por último y, sin duda alguna, puedo afirmar que me he perdido muchas veces buscándome a mí misma, me he caído tanto o más que el resto del mundo, pero lo importante, como todo en esta vida, es que me he vuelto a levantar, así que con todo esto quiero que sepáis que lo que nunca he hecho es rendirme y que la frase NUNCA DIGAS NUNCA tiene hoy más significado que NUNCA, pienso hacer todo lo que no he hecho, llegar más lejos, ser mejor en lo que me proponga y, sobre todo, superar cualquier obstáculo que traiga el destino… y os invito también a hacer lo mismo.

Nunca he escrito un libro, no he tenido hijos y tampoco he plantado un árbol, tal vez vaya siendo hora de cambiar algo. Tic, tac…

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Larga vida a los “sí puedo”.

«El club de las horas muertas»

Lo que voy a escribir, sucedió de verdad, puede que en cuanto empieces a leer sepas de qué hablo, espero que si es así sea porque te lo han contado.

Ocurrió hace unos años, cuando aún no era una mujer, sino una niña con un cuerpo de 18 veranos. Era lista, o eso me creía, era alegre, aún no conocía los rechazos, era atrevida y, por eso, la factura me llegó en forma de ruptura del órgano más preciado, más vital y el más inexperto que se ha encontrado.

Yo no fumaba, reía. No vivía, soñaba. No quería, amaba, como lo que era, la primera vez en la que una se olvida de su nombre y hasta de su raza. No importa el cómo ni el quién, sino qué pasó después.

Cuando se te rompe el corazón, los días no pasan, el tiempo se para. Te encuentras sola en una habitación abandonada, como las de los hoteles en ruinas o las casas que han sido presa de las llamas. En tu interior hay cenizas, quemaduras y un dolor en el pecho que la cirugía nunca más sana. Te pierdes en el recuerdo de “lo que pudo y no fue”, te acuerdas de lo bueno y no del dolor rutinario, sólo que ahora con un olor a azufre permanente y un mal sabor a ridículo en los labios. Esa pasa a ser tu condena, la monotonía en la que te enredas y entras a formar parte de un club sin que lo pretendas. El club de las horas muertas y las noches perdidas donde reparten lágrimas secas en bandeja de plata, donde las entrañas se vuelven estériles, incapaces de levantar las alas, vacías de todo y llenas de nada.

En el club no hay strippers sino cicatrices con nombre y apellidos que alguna vez tuvieron alma. Ahora vagan, merodean, suplican y hasta mendigan un mendrugo de calma. Vi muchas cosas en aquella estancia: esqueletos de hombres que habían triunfado y ya no eran nada, mujeres de bien que parecían fulanas,  grandes personas con el ego mutilado por otras que no supieron sino hacerles daño. Pasaron muchos días, tantos que me olvidé de contarlos, perdí la cuenta junto con mi amor propio, me convertí en un charco de verano en mitad del asfalto cuando el sol está más alto y el mercurio pasa los 40 grados.

infiernoHasta que un día, de repente, pasó; “dime,  niña, ¿qué te pasa?”. Me preguntó un hombre de pelo cano mientras permanecía hierática en el suelo junto a una manta. Me lo han roto dije llevándome la mano al lado izquierdo del pecho, ya no me quedaban sonrisas ni ganas.

El hombre sonrío de medio lado, casi haciendo un esfuerzo para no delatar su propia falta. A él también le habían roto el corazón, o eso me contó al tiempo que me acercaba una taza de chocolate caliente; “pero tú, aún estás a tiempo, no te detengas, no te quedes aquí, este no es sitio para una chica, ni para nadie, pero por lo menos tú, todavía puedes salvarte” me gritó.

Me dijo, también, que no fuera egoísta que si me quedaba allí estaría condenando a otra persona a permanecer sola, que si no luchaba sería yo la que empujaría a alguien a ese escombro de la memoria.

Algo en mí se activó, un “click” retumbó en mi cabeza. Recapacité, entré en razón, esa que se dejó vencer, la misma que había cedido sus derechos y obligaciones al corazón. Muy poco a poco, con la lentitud de los siglos, el tiempo sacó su vieja caja de las costuras y me remendó las ganas, no volví a ser igual, aunque hizo lo que pudo, se le quedaron algunos agujeros por dónde entra el frío en las noches malas y, al menos una vez al año, tengo goteras desde que se pone el sol hasta que sale el próximo alba.

Como decía, nada, absolutamente nada, vuelve a ser igual, te proteges del mundo, te cierras a cal y canto, desconfías y arañas, te haces arisca hasta con aquellos que quieren lo mejor para ti. Evalúas y juzgas contrastando lo vivido, no sabes que las comparaciones son las hijas bastardas de las dudas por lo que vuelves a tener una venda pero, esta vez, te impide distinguir lo bueno de lo malo, no haces criba, para ti todos son iguales, no hay ningún merecedor del indulto, tu tiempo de querer ha caducado, el reloj de arena ya está abajo y tu corazón es más inerte a cada paso; es tanta la molestia que, incluso, te preguntas si en el circo pagarán algo por ver cómo le apagas un cigarro. No sabes ni para qué lo tienes, es un estorbo, ocupa mucho hueco, es delicado, te obliga a comer sano y a veces te hace llorar como si eso fuera a cambiar el pasado. Maldito músculo, no sirve. Piensas que está averiado.

Y como suelen pasar todas las cosas grandes de la vida, de repente, en el eco de tu interior se oyen pasos, alguien llama, alguien te grita, parece que llevaba toda la vida esperando. Sin esperar nada conoces a alguien y el pretérito se ha barrido, el pasado es pasado, llorar ha debido limpiar las huellas de quien te jodió tanto.

Y como si nada, con paso firme, la desconfianza se va allanando hasta desaparecer y da pie al “dejarse llevar” que nunca está de más. Los ojos relucen y las ganas, de aquella niña, vuelven a hacerte compañía cada vez con más frecuencia, vuelves a ser feliz, porque sí, porque te lo mereces.

Nada dura eternamente, sólo que cuando es malo pasa muy despacio y parece que es demasiado. Yo pienso que cuando te enamoras, siempre debe ser como la primera vez, sin tener en cuenta “el club de las horas muertas” sino contando las noches en las que te quieres perder con la otra persona.

De hecho, si lo piensas cada vez es la primera sólo que cada vez de una persona nueva, de modo que las anteriores no cuentan.

Maldita sea la geometría de tu cuerpo

Tú, el primero y el último y yo sin saber contar.

Siempre se me han dado mal lo números, pero contigo he suspendido precipitadamente, tal vez, por eso hoy soy de letras.

1, 2, 3… Nos pasamos la vida contando, rodeados de números, de fórmulas, de esquemas o reglas mnemotécnicas, de signos que inventamos para reconocerlos de forma universal, «uno para todos y todos para uno» como decía Dumas en su novela.

Aprobamos sin revisión el orden de las cifras y sus cálculos, aprendemos desde pequeños a sumar y restar valores, pero, ¿cómo se restan las personas? Parece sencillo, pero es harto complicado; te vas y yo me quedo, pero uno menos uno equivale a nada. Proclamo, entonces, este resultado desierto; no somos nada. Pasó, fuimos todo venido a menos, somos menos venidos a la nada; desierto sentimental si es lo que te viene en gana.

No me lleves a tu terreno, no me hagas perder el rumbo tan pronto, manipulando mis pensamientos. Hablaba de los números, de que son muy traicioneros, sobre todo, si incumben a la edad e impíos si se trata del tiempo, pasan unos tras otros veloces, fugaces… como los que llevan a la espalda los galgos en los canódromos. Sí, son caprichosos, pero analfabetos, no saben lo que les pertenece, por eso, yo siempre he sido de letras. No he llegado a odiarlos, bueno sí, los de las facturas, los que traen responsabilidades, como los años, como las notas… Ojalá hubieras sido tú un número más, uno más de una lista que olvidar, un pasado que se esfuma, pero no, los números no tienen voluntad ni obediencia. Yo no te olvido, imprimes mi memoria como las grandes fechas de la historia.

Malditas matemáticas, le declaro odio per capito a la geometría de tu cuerpo, a tus escondites, tus costuras, tus parpados, tu olor, tu aliento, a tus brujos recovecos.

Que nadie defienda la lógica en mi presencia, le he perdido la fe, soy atea de ella desde tu huida, me abandonó en el peor momento, se fugó con mi corazón, ahora sólo me queda analizar la situación con calma, pero cómo no voy a odiar la razón pura, si la geometría humana nos está dejando sin alma: mentes cuadradas y triángulos amorosos, creo que faltan parejas como nuestro primer “nosotros”.

Pero, qué se le va a hacer, te me has ido por la tangente y la resignación me mira como una cortesana para que la acepte. No puedo, ese es mi verdadero problema, por eso me ruego a mí misma que se vayan estas dudas, no alcanzo a averiguar la respuesta, este “quiero y no puedo” nunca ha quemado tanto en nadie como lo hace en mí, este amor de azufre me corroe, me destroza pero no se evapora, ojalá, pero este coeficiente sólo se limita a verte, a tenerte y desearía que cumplieras la norma de que la línea más corta entre dos cuerpos es la recta, te suplicaría que volvieras, que te perdieras en mis curvas, seguro que entre tantas teorías tuyas y mías aprobábamos la práctica con matrícula de honor. Te diría: tráeme tu mente y tu físico que yo me encargaré de la química, verás cómo nos sobran teoremas de Gauss o campanas metafísicas.

Te suplicaría literalmente: ríndete a esta cateta y que salga la hipotenusa por donde quiera, seguro que nos derivamos al error, pero qué supremo el momento de sumarnos, de exponernos, de multiplicarnos una y otra vez, una… y otra vez.

espalda hombre

Sí, eso te diría, te diría, te diría, te diría… pero no te digo, el tiempo pasado me recuerda que el presente es diferente, que mi realidad es otra y que es mejor, aunque no a primera vista, que la farsa del pretérito que compartimos.

Pensándote, recuerdo cómo empezamos, cómo eras, todo lo bordabas, todo lo que hacías lo hacías francamente bien, con pausa, con solera, con serenidad, con aplomo, con elegancia, con el vuelo de las cosas que están por encima, con la mirada soberbia y la ambición en la sonrisa… Sí, igual de bien te recuerdo con las manos llenas de tinta y la ropa en el suelo.

Nuestro denominador común eran las ganas de querernos, ¿dónde está ese traidor ahora? Seguro que está contigo, dicen que “Dios los cría y ellos se juntan”, pues bien, sois de la misma condición, ladrón, seguro que estáis compartiendo cerveza en algún antro de pocas luces y muchas sombras.

Ya lo sé, he perdido toda lógica, esta loca se ha perdido entre desviaciones típicas e incógnitas pero no me he desquiciado tras tu partida, ya estaba loca por ti cuando me ataba con el arnés de tu cuerpo y mis principios saltaban al vacío por los agujeros de tus miedos.

Qué maravillosos aquellos años en los que sí podíamos mezclarnos, uno de nuestros problemas hoy es que yo soy pera y tú manzana, tú tienes dudas y yo certezas, tú experiencia y yo hipótesis de tres al cuarto. “Los últimos serán los primeros”, pero en qué lugar quedamos tú y yo, no sé contar, pero sí sé que podías contar conmigo marcará la hora que marcará el estúpido reloj.

Cómo no iba a estar ahí para ti cuando volvieras si eras mi dogma de fe, te aprendí antes de conocerte, por ser quien eras. Eras el número uno, tú, el que no seguía a nadie, al que el mundo idealizaba, envidiaba, anhelaba… te quería por ser más que pluscuamperfecto. Tú, ganador, as, oro y premiado, te has ido como te ibas siempre, con la primera persona que pasaba, te dejabas querer, más de lo que he podido soportar, pero soy idiota hasta un punto, hasta este punto final; como despedida te mando un infinito por cada una de esas veces, un infinito por si no te acuerdas o no sabes hasta qué punto te he querido.

Adiós infinito.

ciudad de noche