El amor es un trabajo

El amor es un trabajo duro, muy duro diría yo; requiere dedicación, esfuerzo, paciencia, constancia y sacrificio. Todo al mismo tiempo. Es la jornada completa que no acaba nunca y que rodea todos tus entornos desde tu pareja, tu mascota, tu familia, tus amigos o al vecino del tercero. Está ahí desde que te levantas hasta que te acuestas.

Pero entendamos bien qué es un trabajo, porque no me refiero al típico sistema de ocho horas automatizado al más puro estilo taylorista con sus respectivas cadenas de montajes sino al trabajo que te apasiona, que te quita el sueño, que te hace caerte y levantarte al mismo tiempo, ese trabajo del que sabes que nunca te querrás jubilar, ese trabajo que sabes que aunque llegase la competencia y te ofreciese el doble tú… no lo aceptarías jamás.

¿Por qué? Porque te gusta lo que haces, porque te LLENA lo que tienes. Porque, sin más, quieres pasarte la vida haciendo de tu rutina un caos y de tu caos una rutina.

san valentin

Querido amor, te quiero porque eres, cada día, mi mayor reto y mi mejor proyecto.

¿Qué quieres ser de mayor?

Mis recuerdos de la infancia son como una fantasía, un cosquilleo… un bonito guiño al corazón. El puzle de mi memoria previo a mi pubertad sólo tiene carcajadas, abrazos y besos, amor puro e inefable en cada momento. La figura de mis padres lo hizo posible, convirtiendo el curso de mi pretérito en una mirada a través de un caleidoscopio llamado hogar, por su cariño, su incondicional apoyo y su saber estar a la altura de una niña no muy fácil de criar.
Algunos recuerdos son como espejos empañados, me son familiares, pero apenas me revolotean algunos detalles, otros son como películas de domingo, son veranos en el pueblo, paseos en bicicleta, cometas en el aire, días de piscina y helados de dos bolas, rodillas con tiritas y barbillas con puntos; en fin, estar en la calle a todas horas.
Otros pensamientos de aquellos maravillosos años me traen la voz de mi bendita madre, cuando me cantaba nanas como nadie y me cogía en brazos siempre que lo necesitaba, también estaba papá, que llegaba a casa tarde y cansado pero eso no le impedía poner toda la paciencia del mundo encima de la mesa del comedor, sentarme justo al lado, de cara a la tele y secarme el pelo con la parsimonia de quien había nacido para eso, para quererme.
Mientras me peinaba, distinguía entre sus dedos el olor a tabaco, reconozco que, al principio, no me gustaba, pero hoy puedo confesar que, cuando me he sentido sola y lejos de ellos, me he llevado las manos a la cara después de un cigarro y me las he olido con la intención de volver a sentirme como en casa, cuando apenas tenía cinco años y mi padre me estrujaba y me pinchaba con la barba en nuestros ataques de besos.
Nunca fuimos ricos, no viajábamos fuera de España, mi ropa era la que se le quedaba pequeña a mi hermano y nuestros destinos turísticos se concentraban en zonas cercanas a nuestra ciudad, como Peñíscola u otras áreas costeras. Los días de playa eran geniales, no me gustaba tomar el sol, a mí lo que me gustaba era no salir del agua y ponerme roja como una gamba, pese a que mi madre nunca escatimara en crema protectora… Qué recuerdos hoy sé que eso, esos instantes, eran el paraíso, NUESTRO PARAÍSO, hoy sé que mi hogar está donde están ellos.
Por eso hoy, el día de la madre quiero darles las gracias: Gracias mare y pare, habéis dejado el listón tan alto que no creo que algún día sea capaz de alcanzarlo, lo que sí sé es que en esta vida o en las siguientes, si me preguntaran “¿qué quieres ser de mayor?”. Sabría qué responder: quiero ser vuestra hija.

día de la madre

P.d: estoy deseando tener un hijo para poder poner en práctica lo mucho que me habéis enseñado. Gracias.

La Dama del Trece (Parte I)

Vivía en las afueras, en el piso “12 + 1” de la vieja torre acristalada que coronaba el extrarradio. Su casa se veía desde cualquier punto de la ciudad y, en cambio, a ella, pocos la distinguían, casi nadie la veía pero su cara era fácilmente reconocida.

Hacía méritos para ser invisible porque, en el pasado, había conocido las consecuencias de destacar en exceso, era su don y su maldición: ser una excepción de la naturaleza, un bicho raro entre tanta mierda. Una puta entre vírgenes, una virgen en un mundo equivocado.

Tenía muchos nombres injustos, no todos bonitos pero sí baratos. Por eso mi preferido, era uno que le puse yo: la dama del trece. Ella me recordaba al título de una novela negra o a una superstición sin fundamento, pero sin saber por qué, y aunque yo no sabía más de ella que lo que decía la gente, desprendía algo y yo me la imaginaba así, como una aristócrata venida a menos que nunca pudo estar más arriba ni más abajo, era como de otra época, más de allá que de acá pero compartiendo nuestras aceras.

Irremediablemente, ella tenía algo, un no sé qué, que qué se yo que podía dominarte al instante, por el que te perderías si ella te lo pidiera, por el que darías la vida en cuestión de un segundo. Su mirada hablaba más que sus labios pero sonreía menos, era fría, distante, calladamente guapa. Temblabas si te observaba fijamente con aquellos dos fuegos que le iluminaban la cara, incluso, si se lo proponía, tenías que agarrarte a algo que tuvieras cerca para no perder el equilibrio.

Sin duda alguna, si te miraba, veías más de lo que habías vivido. Se podría decir que tenía cicatrices en el alma, roturas y costuras abiertas, de lado a lado de la cintura y desde el talón hasta la nuca. El paso de los hombres, los nombres, los años y el daño le habían consumido como las drogas que se inyectan, ya no tenía marcas de pinchazos en los brazos, estaba limpia desde hacia tiempo, pero se notaba que algunas jeringuillas con nombre propio le habían dejado más muerte que huella.

Ya no soñaba, se olvidó de lo que era eso porque se había caído tantas veces que hasta las piedras la llamaban por su nombre, había dormido en tantos suelos que reconocía de memoria los abrazos del frío asfalto por metro cuadrado, palmo a palmo.

Cuentan que descendía de Europa del Este, de un país frío donde las balas estaban a la orden del día; como consecuencia de criarse en batallas, la guerra formaría siempre parte de su mirada.

Nadie sabe cómo llegó a España, pero lo que sí se sabía es que había viajado por medio mundo con la maleta equivocada: un idiota que le cambió la vida a cambio del alma, un imbécil que le destrozó la vida para que nunca nadie pudiera matarla.

(CONTINUARÁ…)

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